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domingo, 4 de enero de 2015

Noches blancas (primera noche) - Fiódor Dostoievsky

Revisando mi lista de lecturas antiguas (bueno, en realidad no tengo una lista, factor del cual me arrepiento porque desearía poder repasar algo tan maravilloso como eso), me encontré con esta hermosura de Libor. 'Noches blancas' de Fiódor Dostoyevski. Le guardo un cariño especial y, curiosamente, suelo recordarle cada noche de esas claras en que salgo a pasear, y que lamentablemente ya se ven poco. A veces la vida le acaba a uno y le llena de costumbres misántropas, y entre esas se encuentra el encerrarse progresivamente. Como iba diciendo, este es un libro que aprecio especialmente porque uno de los pocos caballeros que he conocido en la vida fue quien me recomendó esa lectura, y una tarde hermosa, mientras yo observaba las hojas de los árboles caer, en una tarde de viento fuerte, él me leía la tercera noche, con la voz más encantadora que haya escuchado. 

Este libro se compone de cuatro noches. Es una novela corta, de tipo sentimental. Me gustaría en esta ocasión compartir la primera noche con ustedes. A pesar de que se le llame 'sentimental', cae efectivamente en mi Lírica Bizarra, porque, carajo... creo que más de uno puede identificarse con algo como esto. Veamos si quieren hacer el intento. Suerte con ello. Me agrada escribirles.

Era una noche maravillosa, una de esas noches, amable lector, que quizá sólo existen en nuestros años mozos. El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que mirándolo no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como éste pueda vivir tanta gente atrabiliaria y caprichosa? Ésta, amable lector, es también una pregunta de los años mozos, muy de los años mozos, pero Dios quiera que te la hagas a menudo. Hablando de gente atrabiliaria y por varios motivos caprichosa, debo recordar mi buena conducta durante todo ese día. Ya desde la mañana me atormentaba una extraña melancolía. Me pareció de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo que todos me rehuían. Claro que tienes derecho a preguntar: ¿y quiénes son esos «todos»? Porque hace ya ocho años que vivo en Petersburgo y no he podido trabar conocimiento con nadie. ¿Pero qué falta me hace conocer a gente alguna? Porque aun sin ella, a mí todo Petersburgo me es conocido. He aquí por qué me pareció que todos me abandonaban cuando Petersburgo entero se levantó y salió acto seguido para el campo. Fue horrible quedarme solo. Durante tres días enteros recorrí la ciudad dominado por una profunda angustia, sin darme clara cuenta de lo que me pasaba. Fui a la perspectiva Nevski, fui a los jardines, me paseé por los muelles; pues bien, no vi ni una sola de las personas que solía encontrar durante el año en tal o cual lugar, a esta o aquella hora. Esas personas, por supuesto, no me conocen a mí, pero yo sí las conozco a ellas. Las conozco a fondo, casi me he aprendido de memoria sus fisonomías, me alegro cuando las veo alegres y me entristezco cuando las veo tristes. Estuve a punto de trabar amistad con un anciano a quien encontraba todos los días a la misma hora en la Fontanka. ¡Qué rostro tan impresionante, tan pensativo, el suyo! Caminaba murmurando continuamente y accionando con la mano izquierda, mientras que en la derecha blandía un bastón nudoso con puño de oro. Él también se percató de mí y me miraba con vivo interés. Estoy seguro de que se ponía triste si por ventura yo no pasaba a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. He ahí por qué algunas veces estuvimos a punto de saludarnos, sobre todo cuando estábamos de buen humor. No hace mucho, cuando nos encontramos al cabo de tres días de no vernos, casi nos llevamos la mano al sombrero, pero afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, bajamos el brazo y pasamos uno junto a otro con un gesto de simpatía. También las casas me son conocidas. Cuando voy por la calle parece que cada una de ellas me sale al encuentro, me mira con.todas sus ventanas y casi me dice: «¡Hola! ¿Qué tal? Yo, gracias a Dios, voy bien, y en mayo me añaden un piso. » O bien: «¿ Cómo va esa salud? A mí mañana me ponen en reparaciones.» O bien: «Estuve a punto de arder y me llevé un buen susto.» Y así por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas. Una de ellas tiene la intención de ponerse en tratamiento este verano con un arquitecto. Iré de propósito a verla todos los días para que no la curen al buen tuntún. ¡Dios la proteja! Nunca olvidaré lo que me pasó con una casita preciosa pintada de rosa claro. Era una casita adorable, de piedra, y me miraba de un modo tan afable y observaba con tanto orgullo a sus desgarbadas vecinas que mi corazón se henchía de gozo cuando pasaba ante ella. Pero de repente, la semana pasada, cuando bajaba por la calle y eché una mirada a mi amiga, oí un grito de dolor: «¡Me van a pintar de amarillo!» ¡Malvados, bárbaros! No han  perdonado nada, ni siquiera las columnas o las cornisas; y mi amiga se ha puesto amarilla como un canario. A mí casi me dio un ataque de ictericia con ese motivo. Y ésta es la hora en que no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desecrada, teñida del color nacional del Imperio Celeste.
No pude evitar evocar La casa amarilla de Van Gogh.
Así, pues, lector, ya ves de qué manera conozco todo Petersburgo. Ya he dicho que durante tres días enteros me tuvo atormentado la inquietud hasta que por fin averigüé su causa. En la calle no me sentía bien -éste ya no está aquí, ni este otro; y ¿adónde habrá ido aquel otro?-, ni tampoco en casa. Durante dos noches seguidas hice un esfuerzo: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿Por qué me es tan molesto permanecer en él? Miraba perplejo las paredes verdes y mugrientas, el techo cubierto de telarañas que con gran éxito cultivaba Matryona; volvía a examinar todo mi mobiliario, a inspeccionar cada silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que una sola de mis sillas no esté en el mismo sitio que ayer para que ya no me sienta bien), miré por la ventana, y todo en vano..., no hallé alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por lo de las telarañas y, en general, por la falta de limpieza, pero ella se limitó a mirarme con asombro y me volvió la espalda sin decir palabra; así, pues, las telarañas siguen todavía felizmente en su sitio. Por fin esta mañana logre averiguar de qué se trataba. Pues nada, que todo el mundo estaba saliendo de estampía para el campo. Pido perdón por la frase vulgar, pero es que ahora no estoy para expresarme en estilo elevado... Porque, así como suena, todo lo que encierra Petersburgo se iba a pie o en vehículo al campo. Todo caballero de digno y próspero aspecto que tomaba un coche de alquiler se convertía al punto en mis ojos en un honrado padre de familia que, después de las consabidas labores de su cargo, se dirigía desembarazado de equipaje al seno de su familia en una casa de campo. Cada transeúnte tomaba ahora un aire singular, como si quisiera decir a sus congéneres: «Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso. Dentro de un par de horas nos vamos al campo.» Se abría una ventana, se oía primero el teclear de unos dedos finos y blancos como el azúcar, y asomaba la cabeza de una muchacha bonita que llamaba al vendedor ambulante de flores; al punto me figuraba yo que estas flores se compraban, no para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una habitación ciudadana, sino porque todos se iban pronto al campo y querían llevarse las flores consigo. Pero hay más, y es que había adquirido ya tal destreza en este nuevo e insólito género de descubrimientos que podía, sin equivocarme, guiado sólo por el aspecto físico, determinar en qué tipo de casa de campo vivía cada cual. 
¿Se nota el perfecto realismo? Y es un realismo que hace la lectura más apacible y deliciosa. Es una pluma perfecta. El paisaje se evoca nítidamente a la imaginación del lector.
Los que las tenían en las islas Kamenny y Aptekarski o en el camino de Peterhof, se distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, por su atildada indumentaria veraniega y por los soberbios carruajes en que venían a la ciudad. Los que las tenían en Pargolov, o aún más lejos, impresionaban desde el primer momento por su prestancia y prudencia. Los de la isla Krestovski destacaban por su continente invariablemente alegre. Sucedía que tropezaba a veces con una larga hilera de carreteros que con las riendas en la mano caminaban perezosamente junto a sus carromatos, cargados de verdaderas montañas de muebles de toda laya; mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otros enseres domésticos; y encima de todo ello, en la cumbre misma de la montaña, iba a menudo sentada una macilenta cocinera, protectora de la hacienda de sus señores como si fuera oro en paño. O veía pasar, cargadas hasta los topes de utensilios domésticos, barcas que se deslizaban por el Neva o la Fontanka hasta a río Chorny o las islas. Los carros y las barcas se multiplicaban por diez o por ciento a mis ojos. Parecía que todo se levantaba y se iba, que todo se trasladaba al campo en caravanas enteras, que Petersburgo amenazaba con quedarse desierto -y llegué al punto de tener vergüenza, de sentirme ofendido y triste. Yo no tenía adónde ir, ni por qué ir al campo, pero estaba dispuesto a irme con cualquier carromato, con cualquier caballero de aspecto respetable que alquilara un coche de punto. Nadie, sin embargo, absolutamente nadie me invitaba. Era como si se hubieran olvidado de mí, como si efectivamente fuera un extraño para todos.
Empieza a llegar el tinte psicológico, tan común en la escritura de Dostoievsky. El mundo interno del ser humano fascinaba al escritor, y era tal su habilidad para transmitirlo y dibujarlo, que es inevitable sentirse identificado, en algún momento, con alguna de sus frases o con la totalidad de cualquiera de sus textos.
Anduve mucho, largo tiempo, hasta que, como me ocurre a menudo, perdí la noción de dónde estaba, y cuando volví en mi acuerdo me hallé a las puertas de la ciudad. De pronto me sentí contento, rebasé el puesto de peaje y me adentré por los sembrados y praderas sin parar mientes en el cansancio, sintiendo sólo con todo mi cuerpo que se me quitaba un peso del alma. Los transeúntes me miraban con tanta afabilidad que se diría que les faltaba poco para saludarme. No sé por qué todos estaban alegres, y todos, sin excepción, iban fumando cigarros. También yo estaba alegre, alegre como hasta entonces nunca lo había estado. Era como si de pronto me encontrase en Italia -tanto me afectaba la naturaleza, a mí, hombre de ciudad, medio enfermo, que casi comenzaba a asfixiarme entre los muros urbanos.

Otra vez Van Gogh. ¿Por qué Campo de trigo con cipreses? Porque a mí me genera alegría y tranquilidad. Y el porotagonista estaba sintiendo alegría, y además estaba en una pradera. ¡Ay! Perdón. A veces siento la necesidad de dar explicaciones.

Hay algo inefablemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a la llegada de la primavera, despliega de pronto toda su pujanza, todas las fuerzas de que el cielo la ha dotado, cuando gallardea, se engalana y se tiñe con los mil matices de las flores. Me recuerda a una de esas muchachas endebles y enfermizas a las que a veces se mira con lástima, a veces con una especie de afecto compasivo, y a veces, sencillamente, no se fija uno en ellas, pero que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, sin que se sepa cómo, se convierten en beldades singulares y prodigiosas. Y uno, asombrado, cautivado, se pregunta sin más: ¿qué impulso ha hecho brillar con tal fuego esos ojos tristes y pensativos?, ¿qué ha hecho volver la sangre a esas mejillas pálidas y sumidas?, ¿qué ha regado de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué palpita ese pecho?, ¿qué ha traído de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre muchacha?, ¿qué la ha hecho iluminarse con tal sonrisa, animarse con esa risa cegadora y chispeante? Mira uno en torno suyo buscando a alguien, sospechando algo. Pero pasa ese momento y quizás al día siguiente encuentra uno la misma mirada vaga y pensativa de antes, el mismo rostro pálido, la misma humildad y timidez en los movimientos; y más aún: remordimiento, rastros de cierta torva melancolía y aun irritación ante el momentáneo enardecimiento. Y le apena a uno que esa instantánea belleza se haya marchitado de manera tan rápida e irrevocable, que haya brillado tan engañosa e ineficazmente ante uno; le apena el que ni siquiera hubiese tiempo bastante para enamorarse de ella...

Mi noche, sin embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó: Regresé a la ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Mi camino me llevaba por el muelle del canal, en el que a esa hora no encontré alma viviente, aunque verdad es que vivo en uno de los barrios más apartados de la ciudad. Iba cantando porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como cualquier hombre feliz que carece de amigos o de buenos conocidos y que, cuando llega un momento alegre, no tiene con quien compartir su alegría. De repente me sucedió la aventura más inesperada.
Ciudad de noche- Jorge Lázaro Pérez Prada

A unos pasos de mí, de codos en la barandilla del muelle, estaba una mujer que parecía observar con gran atención el agua turbia del canal. Vestía un chal negro muy coqueto y llevaba un bonito sombrero amarillo. «Es, sin duda, joven y morena», pensé. Por lo visto no había oído mis pasos y ni siquiera se movió cuando, conteniendo el aliento y con el corazón a galope, pasé junto a ella.

«Es extraño -me dije-, algo la tiene muy abstraída.» De pronto me quedé clavado en el sitio. Creí haber oído un sollozo ahogado. Sí, no me había equivocado, porque momentos después oí otros sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió el corazón. Soy muy tímido con las mujeres, pero en esta ocasión giré sobre los talones, me acerqué a ella y le hubiera dicho «¡Señorita!» de no saber que esta exclamación ha sido pronunciada ya un millar de veces en novelas rusas que versan sobre la alta sociedad. Eso fue lo único que me contuvo. Pero mientras buscaba otra palabra la muchacha recobró su compostura, miró en torno suyo, bajó los ojos y se deslizó junto a mí a lo largo del muelle. Al momento me puse a seguirla, pero ella, adivinándolo, se apartó del muelle, cruzó la calle y siguió caminando por la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. El corazón me latía como el de un pajarillo que se tiene cogido en la mano. Inopinadamente la casualidad vino en mi ayuda.

Por la acera, no lejos de mi desconocida, apareció de pronto un caballero vestido de frac, impresionante por los años, aunque no lo fuera por su manera de andar. Caminaba haciendo eses y apoyándose con tiento en la pared. La muchacha iba como una flecha, rauda y tímida, como van por lo común las mocitas que no quieren que se las acompañe a casa de noche, y, por supuesto, el caballero tambaleante no hubiera podido alcanzarla si mi suerte no le hubiera sugerido recurrir a una estratagema. Sin decir palabra, el caballero se arrancó de repente y se puso a galopar en persecución de mi desconocida. Ella volaba, pero no obstante el caballero de los trompicones iba alcanzándola, la alcanzó por fin, la muchacha lanzó un grito... y yo doy gracias al destino por el excelente bastón de nudos que mi mano derecha empuñaba en tal ocasión. En un abrir y cerrar de ojos me planté en la acera opuesta, el caballero importuno comprendió al instante de qué se trataba, tomó en consideración el argumento irresistible que yo blandía, calló, se desvió, y sólo cuando se halló bastante lejos protestó contra mí en términos bastante enérgicos, pero sus palabras apenas se percibían desde donde estábamos.
La chica de la mirada triste - Jazlym Nathaly Rentería

-Deme usted la mano -le dije a mi desconocida-. Ese sujeto ya no se atreverá a acercarse. Ella, en silencio, me alargó la mano, que aún temblaba de agitación y espanto. ¡Oh, caballero importuno, cómo te di las gracias en ese momento! La miré fugazmente. Era bonita y morena.

Había acertado. En sus pestañas negras brillaban aún lágrimas de miedo reciente o de tristeza anterior. No sé. Pero a los labios afloraba ya una sonrisa. Ella también me miró de soslayo, se ruborizó ligeramente y bajó los ojos.

-¿Por qué me rechazó usted antes? Si yo hubiera estado allí no habría pasado esto.

-No le conocía. Pensé que también usted...

-¿Pero es que me conoce usted ahora?

-Un poco. Por ejemplo, ¿por qué tiembla usted?

-¡Ah, ha acertado a la primera mirada! -respondí entusiasmado de saberla inteligente, lo que, unido a la belleza, no es humo de pajas-. Sí, a la primera mirada ha adivinado usted qué clase de persona soy. Es verdad, soy tímido con las mujeres. Estoy agitado, no lo niego; ni más ni menos que usted misma lo estaba hace un minuto cuando la asustó ese señor. Ahora el que tiene miedo soy yo. Parece un sueño, pero ni aun en sueños hubiera creído que hablaría con una mujer.

-¿Cómo? ¿Es posible?

-Sí. Si me tiembla la mano es porque hasta ahora no había apretado nunca otra tan pequeña y bonita como la suya. He perdido la costumbre de estar con las mujeres; mejor dicho, nunca la he tenido, soy un solitario. Ni siquiera sé hablar con ellas. Ni ahora tampoco. ¿No le he soltado a usted alguna majadería? Dígamelo con franqueza. Le advierto que no me ofendo.

-No, nada. Todo lo contrario. Y si me pide usted que sea franca le diré que a las mujeres les gusta esa clase de timidez. Y si quiere saber algo más, también a mí me gusta, y no le diré que se vaya hasta que lleguemos a casa.

-Lo que hará usted conmigo -dije jadeante de entusiasmo- es que dejaré de ser tímido y entonces ¡adiós a todos mis métodos!

-¿Métodos? ¿Qué clase de métodos? ¿Y para qué sirven? Eso ya no me suena bien.

-Perdón. No será así. Se me fue la lengua. Pero ¿cómo quiere que en un momento como éste no tenga el deseo...?

-¿De agradar, no es eso?
Leonid Afremov (no tengo el nombre de la pintura)

-Pues sí. Por amor de Dios, sea usted buena. Juzgue de quién soy. Tengo ya veintiséis años y nunca he conocido a nadie. ¿Cómo puedo hablar bien, con facilidad y buen sentido? Mejor irán las cosas cuando todo quede explicado, con claridad y franqueza. No sé callar cuando habla el corazón dentro de mí. Bueno, da lo mismo. ¿Puede usted creer que nunca he hablado con una mujer, nunca jamás? ¿Qué no he conocido a ninguna? Ahora bien, todos los días sueño que por fin voy a encontrar a alguien. ¡Si supiera usted cuántas veces he estado enamorado de esa manera!

-Pero ¿cómo? ¿Con quién?

-Con nadie, con un ideal, con la mujer con que se sueña. En mis sueños compongo novelas enteras. Ah, usted no me conoce. Es verdad que he conocido a dos o tres mujeres; otra cosa sería inconcebible, pero ¿qué mujeres? Una especie de patronas... Pero voy a hacerla reír, voy a decirle que algunas veces he pensado entablar conversación en la calle con alguna mujer de la buena sociedad. Así, sin cumplidos. Claro está que cuando se halle sola. Hablar, por supuesto, con timidez, respeto y apasionamiento; decirle que me muero solo, que no me rechace, que no hallo otro medio de conocer a mujer alguna, insinuarle incluso que es obligación de las mujeres el no rechazar la tímida súplica de un hombre tan infeliz como yo; y que, al fin y al cabo, lo que pido es sólo que me diga con simpatía un par de palabras amistosas, que no me mande a paseo desde el primer instante, que me crea bajo palabra, que escuche lo que le digo, que se ría de mí si le da gusto, que me dé esperanzas, que me diga dos palabras, tan sólo dos palabras, aunque no nos volvamos a ver jamás. Pero usted se ríe... Por lo demás, hablo sólo para hacerla reír...

-No se enfade. Me río porque es usted su propio enemigo. Si probara usted, quizá lograra todo eso aun en la calle misma. Cuanto más sencillo, mejor. No hay mujer buena, a menos que sea tonta o esté enfadada en ese momento por cualquier motivo, que pensara despedirle a usted sin esas dos palabras que implora con tanta timidez. Por otro lado, ¿quién soy yo para hablar? Lo más probable es que le tuviera a usted por loco. Juzgo por mí misma. ¡Bien sé yo cómo viven las gentes en el mundo!

-Se lo agradezco -exclamé-. ¡No sabe usted lo que acaba de hacer por mí!

-Bien. Ahora dígame cómo conoció usted que soy de las mujeres con quienes... bueno, a quienes usted considera dignas de... atención y amistad. En otras palabras, no una patrona, como decía usted. ¿Por qué decidió acercarse a mí?

-¿Por qué? ¿Por qué? Pues porque estaba usted sola, porque ese caballero era demasiado atrevido y porque es de noche. No dirá usted que no es obligación...
-No, no, antes de eso. Allí, al otro lado de la calle. Usted quería acercárseme, ¿verdad?

-¿Allí, al otro lado? De veras que no sé qué decir. Temo que... Hoy, sabe usted, me he sentido feliz. He estado andando y cantando. Salí a las afueras. Nunca hasta ahora he tenido momentos tan felices. Usted... me parecía quizá... Bueno, perdone que se lo recuerde: me parecía que lloraba usted y me era intolerable oírlo. Se me oprimía el corazón. ¡Ay, Dios mío! ¿Cree usted que podía oírla sin afligirme? ¿Es que fue pecado sentir compasión fraternal por usted? Perdone que diga compasión... En suma, ¿acaso podía ofenderla cuando se me ocurrió acercarme a usted?

-Bueno, basta; no diga más -repuso la joven, bajando los ojos y apretándome la mano-. Yo misma tengo la culpa por haber hablado de eso. Pero estoy contenta de no haberme equivocado con usted. Bueno, ya hemos llegado. Tengo que meterme por esta callejuela. Son dos pasos nada más. Adiós, le agradezco...

-¿Pero es de veras posible que no volvamos a ver nos? ¿Es posible que las cosas queden así?

-Mire -dijo riendo la muchacha-. Al principio sólo quería usted dos palabras, y ahora... Pero, en fin, no le prometo nada. Puede que nos encontremos.

-Mañana vengo aquí -dije-. Ah, perdone, ya estoy exigiendo... -Sí, es usted impaciente. Exige casi...

-Escuche -la interrumpí-. Perdone que se lo diga otra vez, pero no puedo dejar de venir aquí mañana. Soy un soñador. Hay en mí tan poca vida real, los momentos como éste, como el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos en mis sueños. Voy a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año. Mañana vendré aquí sin falta, aquí mismo, a este mismo sitio, a esta misma hora, y seré feliz recordando el día de hoy. Este sitio ya me es querido. Tengo otros dos o tres sitios como éste en Petersburgo. Una vez hasta lloré recordando algo, igual que usted. Quién sabe, quizá usted también hace diez minutos lloraba recordando alguna cosa. Pero perdón, estoy desbarrando de nuevo. Puede que usted, alguna vez, fuera especialmente feliz en este lugar.
...Exploró y supo captar la profundidad del alma humana, haciendo aflorar las emociones y sentimientos tanto en los tiempos oscuros como en los felices. Y aunque su obra se inspiró en lo que vio en Rusia o en sus experiencias personales, los sentimientos que recoge resonaron como parte de las luchas internas universales en las que se enfrentan los lectores de todas partes del mundo. (Disponible en: http://rusopedia.rt.com/personalidades/personalidades_de_cultura/issue_99.html>
-Bueno -dijo la muchacha-. Quizá yo también venga aquí mañana. A las diez también. Veo que ya no puedo impedirle... pero, mire, es que necesito venir aquí. No piense usted que le doy una cita.

Le aseguro que tengo que estar aquí por asuntos míos. Ahora bien, se lo digo sin titubeos: no me importaría que también viniera usted. En primer lugar porque pudieran ocurrir incidentes desagradables como el de hoy; pero dejemos eso... En suma, sencillamente me gustaría verle... para decirle dos palabras. Ahora, vamos a ver, ¿no me condena usted? ¿No piensa que le estoy dando una cita sin más ni más? No se la daría si... ; pero, bueno, eso es un secreto mío. Antes de todo una condición.

-¡Una condición! Hable, dígalo todo de antemano. Estoy de acuerdo con todo, dispuesto a todo- exclamé exaltado-. Respondo de mí, seré atento, respetuoso... Usted me conoce.

-Precisamente porque le conozco le invito para mañana -dijo la joven riendo-. Le conozco muy bien. Pero, mire, venga con una condición: en primer lugar (sea usted bueno y haga lo que le pido; ya ve que hablo con franqueza) no se enamore de mí. Eso no puede ser, se lo aseguro. Estoy dispuesta a ser amiga suya. Aquí tiene mi mano. Pero lo de enamorarse no puede -ser. Se lo ruego.
-Le juro -grité yo, cogiéndole la mano...

-Basta, no jure, porque es usted capaz de estallar como la pólvora. No piense mal de mí porque le hablo así. Si usted supiera... Yo tampoco tengo a nadie con quien poder cambiar una palabra o a quien pedir consejo. Claro que la calle no es sitio indicado para encontrar consejeros. Usted es la excepción. Le conozco a usted como si fuésemos amigos desde hace veinte años. ¿De veras que no cambiará usted?

-Usted lo verá. Lo que no sé, sin embargo, es cómo voy a sobrevivir las próximas veinticuatro horas.

-Duerma usted a pierna suelta. Buenas noches. Recuerde que ya he confiado en usted. Hace un momento lanzó usted una exclamación tan hermosa que justifica cualquier, sentimiento, incluso el de simpatía fraternal. ¿Sabe? Lo dijo usted de un modo tan bello que al instante pensé que podía fiarme de usted.
-¿Pero en qué asunto? ¿Para qué?

-Hasta mañana. Mientras tanto hay que guardar secreto. Tanto mejor para usted, porque a cierta distancia parece una novela. Quizá mañana se lo diga, o quizá no. Ya hablaremos, nos conoceremos mejor...

-Yo mañana le voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si me ocurriera un milagro. ¿Dónde estoy, Dios mío? ¿No está usted contenta de no haberse enfadado conmigo, como lo hubiera hecho otra mujer? ¿De no haberme rechazado desde el primer momento? En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo, quizá ha resuelto mis dudas... Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya le contaré todo mañana, ya se enterará usted de todo.

-Bueno, acepto. Usted empezará.

-De acuerdo.

-Hasta la vista.

-Hasta la vista.


Nos separamos. Pasé la noche andando, sin decidirme a volver a casa. ¡Me sentía tan feliz! ¡Hasta mañana!

Eugeny Lusphin - Creúsculo de invierno

viernes, 10 de octubre de 2014

Beatriz - La polución (Mario Benedetti)

Desde hace aproximadamente un año me hice la promesa de que empezaría a leer literatura latinoamericana. Yo vivo en el rollo de la literatura universal, y mi fuerte es como tal el romanticismo y el realismo, así que pasar a la contemporánea me parece un poco drástico, pero decidí hacerlo como por algo de aquello que llaman 'cultura general'. Ha sido complicado porque, aunque he tenido algunas buenas experiencias literarias, no me he podido dedicar mucho al tema porque vivo muy ocupada, y a veces me descuido incluso a tal punto de dejar de lado mis pasiones. 

El día de hoy quiero compartirles un capítulo breve del último libro de literatura latinoamericana que leí: 'Primavera con una esquina rota', de Mario Benedetti. Fue una experiencia interesante. Lo leía cada vez que tenía tiempo al ir en el transporte público. Hay muchos capítulos para resaltar, la estructura es muy interesante y, como tal, la historia es buena, lo admito. Trata acerca de la historia de un preso político y de las personas importantes de su vida, y cada uno va contando la historia desde su punto de vista. 

Por eso este capítulo se titula 'Beatriz' (los títulos se repiten dependiendo de quién narra), entre paréntesis 'La polución'. Beatriz es la pequeña hija de Santiago, el protagonista. Cuenta con aproximadamente ocho años, y en los capítulos del libro se describe su graciosa y particular manera de pensar.
Espero les agrade y, si es el caso, se animen a leer el libro. Disculpen la larga introducción, me estaba desahogando ;)


Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se ríó y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción.
O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este liquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica.
Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrarle el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

Les dejo una narración muy bonita del cuento, para finalizar.


domingo, 19 de agosto de 2012

A la recherche du temps perdu - Pablo Alonso

A continuación les traigo un pequeño, hermoso y diciente fragmento de un poema realizado por un colega también gustoso de la literatura y la buena música. Su nombre es Pablo Alonso (lo pueden encontrar en facebook, si desean), quien nos trae esta buena lírica desde México, Puebla. Me han atraído sus letras tan sencillas pero tan fuertes, tan hermosas, tan musicales... y a la vez él ha querido aparecer aquí en Lírica Bizarra dándonos su aporte (espero no sea su última colaboración). Y, a ustedes, mis queridísimos lectores, espero les agrade esta linda poesía.


A la recherche du temps perdu

Dosis sensorial de energía tejiéndose en las sombras que desvanecen


Sueños ambiguos fundidos en el aire místico de madrugada 

Umbral cristalino bajo la proyección desnuda del cielo tornasol 

Latidos reinventándose bajo el hechizo de las olas celestes 

Sustrato etéreo acariciando el arcoíris que emana del sueño 

Brisa ensortijada envolviendo la transparencia de mi sonrisa

Resonancia nítida sumergiéndose en la frecuencia de mi alma

Inmutable constelación atravesando el pétalo sereno de mis ojos

Matices indescifrables dibujándose al azar sobre mi piel exhausta...




sábado, 14 de abril de 2012

Papá Goriot (Fragmento) - Honoré de Balzac

Finalmente, después de tantas entradas, llego con algo de uno de mis escritores favoritos: Honoré de Balzac; razones las cuales les comentaré en una próxima ocasión. No quise para la ocasión un cuento corto, los cuales también son excelentes, sino un fragmento de una de sus más grandes obras, la cuál se titula ''Papá Goriot''. Tuve que transcribirlo directamente del libro porque no se encuentra en Internet (solamente en francés y en inglés y este es un espacio solamente en castellano). 
El presente fragmento es de la parte final. Narra el momento en el que Goriot está agonizando, diciendo sus últimas palabras entre cierta lucidez y locura a la vez. Es realmente conmovedor; al menos a mí me dejó bastante afectada. Aquí, Goriot se haya en su lecho de muerte, acompañado solamente por el ''novio'' de su hija menor, Eugéne de Rastignac (novio entre comillas porque la baronesa Delphine de Nucingen se encuentra casada, al igual que su hermana, la condesa Anastasie de Restaud), quien, además de un ayudante de la casa (Christophe) y un estudiante de medicina (Bianchon), son las únicas personas que le consuelan en su lecho de muerte; las demás se han desecho de sus deberes para con el viejo Goriot y le han dejado en un completo abandono, que finalmente le produce la muerte. 
Sin más preámbulos, les dejo el fragmento, que copié con mucha paciencia, esperando que sea una lectura agradable para ustedes. Espero igualmente les sirva en algo como reflexión; tiene gran contenido para dejarlos pensando en algo ;)

 ̶ ¿Se han divertido ellas bastante? ̶ dijo papá Goriot, que había reconocido a Eugéne.
̶ !Oh, no piensa sino en sus hijas! ̶ dijo Bianchon ̶ . Me dijo más de cien veces anoche: ‘’!ellas bailan! ¡Ella tiene su vestido!’’ Las llamaba por sus nombres. Me hacía llorar, ¡que , me lleve el diablo!, con sus exclamaciones: ‘’!Delphine, mi pequeña Delphine! ¡Nasie!’’ Por mi palabra de honor ̶  dijo el alumno de medicina ̶ , era para deshacerse en lágrimas.
̶ Delphine está aquí ̶  dijo el viejo ̶ , ¿no es verdad? Bien lo sabía ̶  y sus ojos recuperaron una agilidad loca para mirar los muros y la puerta.
̶ Bajo para decirle a Silvia que prepare los sinapismos ̶  dijo Bianchon ̶ , el momento es propicio.
Rastignac permaneció solo al lado del viejo, sentado al pie de la cama, fijos los ojos en esta cabeza horrible, que producía dolor al mirarla.
‘’Madame de Beauséant se fuga, éste se muere’’, dijo para sí. ‘’Las almas bellas no pueden permanecer por largo tiempo en este mundo. En efecto ¿cómo podrían convivir los sentimientos nobles con una sociedad mezquina, pequeña, superficial?’’.
Las imágenes de la fiesta a la cual había asistido se representaban en su recuerdo y contrastaban con el espectáculo de esta cama de muerte. Bianchon reapareció de repente.
̶ Mira, Eugéne, acabo de hablar con nuestro médico jefe y he venido a las carreras. Si manifiesta síntomas de razón, si habla, acuéstalo sobre un sinapismo largo, de manera que quede envuelto en mostaza desde la nuca hasta la base de la espina dorsal, y nos haces llamar.
̶ Querido Bianchon ̶  dijo Eugéne.
̶ ¡Oh, se trata de un hecho científico! ̶  repuso el estudiante de medicina con todo el ardor de un neófito.
̶ Vamos  ̶  dijo Eugéne ̶ , seré entonces el único que cuida a este pobre viejo por afecto.
̶ Si me hubieras visto esta mañana, no dirías eso ̶  repuso Bianchon, sin ofenderse por la alusión ̶ . Los médicos que ya han ejercido no ven sino la enfermedad; yo, por mi parte, aún veo el enfermo, mi querido muchacho.
Se marchó, dejando a Eugéne solo con el viejo, y en la aprensión de una crisis que no tardó en declararse.
̶ ¡Ah, es usted, querido hijo! ̶  dijo papá Goriot, reconociendo a Eugéne.
̶ ¿Se siente usted mejor? ̶  preguntó el estudiante, cogiéndole la mano.
̶ Sí, tenía la cabeza cerrada como si estuviera entre un estuche, pero se libera. ¿Vio a mis hijas? Vendrán pronto, cuando sepan que estoy enfermo acudirán de inmediato, ¡tanto me cuidaron en la calle de la Jussienne! Dios mío, quisiera que mi pieza estuviera limpia para recibirlas. Hay un joven que quemó todas mis briquetas.
̶ oigo a Christophe ̶  le dije Eugéne ̶ , le trae leña que ese joven nos envía.
̶ Bueno, ¿pero cómo pagar la leña? No tengo un céntimo, hijo mío. Todo lo he dado, todo. Estoy de limosna. ¿El vestido de lamé era hermoso, al menos? (¡Ah, como sufro!) Gracias, Christophe. Dios lo recompensará, mi muchacho; nada tengo ya.
̶ Te pagaré bien, a ti y a Silvia ̶  dijo Eugéne al oído del muchacho.
̶ Mis hijas le dijeron que vendrían, ¿verdad, Christophe? Ve de nuevo a buscarlas, te daré cien centavos. Diles que no me siento bien, que querría abrazarlas, verlas una vez más antes de morir. Diles eso, pero sin asustarlas demasiado.
A una seña de Rastignac, Christophe se marchó.
̶ Ellas vendrán ̶  añadió el viejo ̶ . Yo las conozco. A la buena de Delphine, si muero, le causaré una gran tristeza. También a Nasie. No quisiera morir, para no hacerlas llorar. Morir, mi buen Eugéne, es no verlas más. Allí donde se va uno me aburriré bastante. Para un padre el infierno es estar sin sus hijos, y ya he hecho mi aprendizaje desde que ellas se casaron. Mi paraíso era la calle de la Jussienne. Sabe, si voy al paraíso podría regresar a la tierra en espíritu, para estar alrededor de ellas. He oído hablar de estas cosas. ¿Son ciertas? Creo verlas en este momento tal como estaban en la calle de la Jussienne. Ellas bajaban por la mañana. Buenos días, papá, decían. Las sentaba en mis rodillas, les hacía mil zalamerías, mil jugarretas. Me acariciaban amorosamente. Almorzábamos juntos todas las mañanas cenábamos juntos, en fin, era padre, gozaba con mis hijas. Cuando vivía en la calle de la Jussienne ellas no razonaban, no sabían nada del mundo, me querían mucho. ¡Dios míos, por qué no permanecieron siempre pequeñas? (Oh, sufro, se me revienta la cabeza.) ¡Ah, ah, perdón, hijas mías!, sufro horriblemente, tiene que ser un gran dolor, ustedes me volvieron duro para el mal. ¡Dios mío, si tuviese siquiera sus manos en las mías, no me sentiría del todo mal. ¿Cree que vendrán? Christophe es tan tonto. He debido ir yo mismo. Él va a verlas. Pero usted estuvo anoche en el baile. Dígame, ¿cómo estaban ellas? Nada sabían de mi enfermedad, ¿no es verdad? No hubieran podido bailar, ¡mis pobres pequeñas! ¡Oh, no quiero estar enfermo por más tiempo! Ellas todavía me necesitan. Sus fortunas están comprometidas. ¡Y mire que están en poder de qué clase de maridos! ¡Cúrenme, cúrenme! (¡Oh, cómo sufro! ¡Ay, ay!) Vea usted, es preciso que me alivie, pues necesitan dinero y yo sé dónde ir a ganarlo. Iré a fabricar almidón en cristales en Odessa. Soy muy hábil, ganaré millones. (¡Oh, sufro demasiado!).
Goriot guardó silencio durante un rato y era notorio que hacía un tremendo esfuerzo para acumular todas sus energías a fin de soportar el dolor.


̶ Si ellas estuvieran aquí, no me quejaría ̶  dijo ̶ . Entonces, ¿por qué quejarme?
Sobrevino un leve adormecimiento, que duró largo rato. Christophe regresó. Rastignac, que creía dormido a papá Goriot, dejó que el muchacho le diera cuenta en voz alta de su misión.
̶ Monsieur ̶  le dijo ̶ , fui primero donde madame la condesa, con la cual me fue imposible hablar, pues estaba en grandes asuntos con su marido. Como yo insistiera, vino el propio Monsieur de Restaud y me dijo así: ‘’Monsieur Goriot se muere, ¡y bien!, es lo mejor que puede hacer. Necesito a Madame de Restaud para terminar asuntos importantes; irá cuando todo haya terminado’’. Ese señor estaba enojado. Iba a salir, cuando madame entró en el vestíbulo por una puerta que yo no veía y me dijo: ‘’Christophe, dile a mi padre que estoy en discusiones con mi marido, no puedo dejarlo; se trata de la vida o de la muerte de mis hijos; pero cuando todo haya terminado, iré’’. En cuanto a madame la baronesa, es otra historia: ni la pude ver, ni le pude hablar. ‘’!Ah!’’, me dijo su doncella, ‘’madame regresó del baile a las cinco y cuarto, está durmiendo, si la despertara antes del mediodía, me regañaría. Cuando me llame le diré que su padre está grave. Siempre hay tiempo para dar una mala noticia’’. Fue inútil que le rogara. Pedí hablar con el señor barón, pero había salido.
̶ Ninguna de sus hijas vendrá ̶  exclamó Rastignac ̶ . Les voy a escribir a las dos.
̶ Ninguna ̶  respondió el viejo, enderezándose en la cama ̶ . Tienen negocios, duermen, no vendrán. Yo lo sabía. Es preciso morir para saber lo que son los hijos. ¡Ah, amigo mío, no se case, no tenga hijos! Usted les da la vida, ellos le dan la muerte. Usted los hace entrar en el mundo, ellos lo arrojan del mundo. ¡No, ellas no vendrán! Sé eso desde hace diez años. Me lo decía algunas veces, pero no me atrevía a creerlo.
Una lágrima rodó en cada uno de sus ojos, sobre su borde enrojecido, sin caer.
̶ ¡Ah, si yo fuese rico, si hubiera conservado mi fortuna, si no se las hubiera dado, ellas estarían aquí, ellas me enjugarían las mejillas con sus besos!; viviría en una mansión, tendría bellas habitaciones, criados, fuego para mí; y ellas estarían llenas de lágrimas, con sus maridos, con sus hijos. Tendría todo eso. Pero, nada. El dinero lo da todo, aun hijas. ¡Oh, mi dinero!, ¿dónde está? Si tuviera tesoros para dejar, ellas me aliviarían, me cuidarían; las escucharía, las vería. ¡Ah, mi querido hijo, mi único hijo, ahora tolero mejor mi abandono y miseria! Al menos, cuando un infeliz es amado, puede estar seguro de ese amor. No, no quisiera ser rico, pues entonces las vería. Aunque, ¿quién sabe? Las dos tienen corazones de roca. Tanto amor les he brindado, que ellas no podrían devolverme amor. Un padre debe ser rico siempre, debe mantener a sus hijos bajo las riendas, como a caballos díscolos. Y yo estaba de rodillas ante ellas. ¡Las miserables! Coronan dignamente la conducta que han tenido hacía mí desde hace diez años. Si viera cómo eran de cariñosas conmigo en los primeros años de sus matrimonios. (¡Oh, sufro un cruel martirio!) Acababa de regalarle a cada una ochocientos mil francos, ellas no podían permitirse ser desatentas conmigo, ni tampoco sus maridos. Me recibían en sus casas: ‘’Padre mío, por aquí; mi querido papá, por allá’’. Allí tenía siempre un cubierto para mí. En fin, cenaba con sus maridos, que me trataban con consideración. Se suponía que todavía me quedaba alguna fortuna. ¿Por qué eso? No había dicho nada sobre mis negocios. Había que cuidar con esmero a un hombre que regala ochocientos mil francos a sus hijas. Así que eran muy atentas conmigo, pero se debía a mi dinero. El mundo no es bello. Me he dado cuenta de eso. Me llevaban en coche al teatro y permanecía en sus fiestas todo el tiempo que quería. En fin, ellas se proclamaban hijas mías y me reconocían como su padre. Todavía tengo mi astucia, claro, y nada se me ha escapado. Todo eso lo hacían con un propósito egoísta y me partía el corazón. Veía bien que se trataba de argucias, pero el mal ya no tenía remedio. En sus casas no estaba más a gusto que lo que me siento allí abajo. No me atrevía a decir nada. Así, cuando algunas de esas gentes de la sociedad preguntaban al oído de mis yernos: ‘’ ¿Quién es ese señor?, ‘’es un padre con dinero, es rico, ¡qué diablos!’’, decían, y me miraban con el respeto que se le tiene al dinero. ¡Pero si algunas veces las avergonzaba un poco, redimía a buen precio mis defectos! Por lo demás, ¿quién es perfecto? (¡Mi cabeza es una llaga!). Sufro en este momento lo que es preciso sufrir para que llegue la muerte, mi querido Monsieur Eugéne,  ¡y bien!, eso no es nada en comparación con el dolor que me causó la primera mirada con la cual Anastasie me hizo comprender que yo acababa de decir una torpeza y que la humillaba: su mirada me abrió todas las venas. Hubiera querido saberlo todo, pero lo que supe con certeza era que ya sobraba en esta tierra. Al día siguiente fui donde Delphine para que me consolara y sucede que allí dije otra tontería que la enojó grandemente. Regresé como enloquecido. Estuve ocho días sin saber lo que debía hacer. No me atrevía a ir a verlas, de miedo a sus reproches. Y de repente me vi expulsado de la casa de mis hijas. ¡Oh, Dios mío, puesto que conoces las miserias y los sufrimientos que he padecido; puesto que has llevado la cuenta de las puñaladas que he recibido a lo largo de estos años que me han envejecido, cambiado, encanecido, destrozado, ¿por qué me haces sufrir ahora? Ya he expiado bastante el pecado de haberlas querido mucho. Ellas han tomado plena venganza de mi amor: me han atenazado como verdugos. ¡Ah, son tan torpes los padres! Tanto las quería, que volvía a ellas como un jugador a la ruleta. El único vicio mío eran mis hijas: ellas eran mis amantes, ¡en fin, lo eran todo! Ellas tenían, las dos, siempre, necesidad de alguna cosa, de adornos; sus doncellas me lo decían y yo se los daba para ser bien recibido. Pero ellas me dieron sus pequeñas lecciones sobre la manera de comportarme en sociedad. ¡Oh, pero nunca esperaron el resultado! Empezaron a avergonzarse de mí. Vea el resultado de educar bien a sus hijas. Sin embargo, a mi edad ya no podía ir a la escuela. (¡Sufro horriblemente, Dios mío! ¡Los médicos, los médicos! Si me abrieran la cabeza sufriría menos.) ¡Mis hijas, mis hijas, Anastasie, Delphine, quiero verlas! ¡Envíe a la gendarmería por ellas y que las traigan a la fuerza! La justicia no me cae sino a mí, todo está contra mí, la naturaleza, el código civil. Protesto. La patria perecerá si los padres son pisoteados. Eso es claro. La sociedad, el mundo, giran sobre la paternidad, todo se deshace si los hijos no aman a sus padres. ¡Oh, verlas, escucharlas!, no importa lo que me digan, con tal de que yo oiga su voz, eso calmará mis dolores, Delphine sobre todo. Pero dígales, cuando estén aquí, que no me miren fríamente como lo hacen. ¡Ah, mi bien amigo, Monsieur Eugéne, no sabe usted lo que es advertir el oro de la mirada cambiado de repente en plomo gris! Desde el día en que sus ojos no han tenido fulgores para mí, siempre he estado en invierno en esta tierra; para devorar no he tenido sino pesares, ¡y los he devorado! He vivido para ser humillado e insultado. Las quiero tanto, que toleraba todas las afrentas por las cuales ellas me vendían una pequeña felicidad vergonzante. ¡Tener que esconderse un padre para ver a  sus hijas! Les he dado mi vida, ¡hoy no me dan ellas una hora de la suya! Tengo sed, tengo hambre, el corazón me arde, y no vendrán ellas a refrescar mi agonía, pues yo me estoy muriendo, lo sé. ¡Pero es que no saben ellas lo que es saltar sobre el cadáver de su padre! Hay un Dios en los cielos, él nos venga a nosotros los padres a pesar de todo. ¡Oh, ellas vendrán! Vengan, queridas mías, vengan a besarme una vez más, un último beso, el viático para vuestro padre, que rogará por ustedes a Dios, que le dirá que han sido buenas hijas, que alegará a favor de ustedes. ¡Ellas son inocentes, amigo mío! Hable bien de ellas a todo el mundo, que no las molesten acerca de mí. Todo ha sido culpa mía, yo las acostumbré a que me pisotearan. Yo lo quería. Eso no le importa a nadie, ni a la justicia humana, ni a la justicia divina. Dios sería injusto si las condenara por mi causa. No he sabido comportarme, cometí la torpeza de abdicar de mis derechos. ¡Me hubiera envilecido por ellas! ¡Qué quiere usted!, la naturaleza más pura, las mejores almas, se hubieran corrompido ante esta indulgencia paterna. Yo soy un miserable: se me castiga justamente. Soy el único culpable de los desajustes de mis hijas, pues las mimé demasiado. Hoy quieren el placer, como en otro tiempo querían bombones. Siempre les permití satisfacer sus caprichos de jovencitas. ¡A los quince años tenían coche! Nada se les negaba. Yo soy el único culpable, pero culpable por amor. Sus voces abrían mi corazón. Las oigo, ya vienen. ¡Oh, sí, vendrán! La ley dispone que uno venga a ver morir a su padre, la ley está a mi favor. Además, eso apenas costará la carrera de un coche. Yo la pagaré. ¡Escríbales que tengo millones para dejarles! Palabra de honor. Iré a fabricar pastas de Italia a Odessa. Conozco el procedimiento. Con mi proyecto se pueden ganar millones. Nadie ha pensado en ello. Es un producto que no se dañará en el transporte, como el trigo o la harina. !Eh, eh, almidón! ¡Habrá millones en esto! Usted no les mentirá, dígales que hay millones, y aunque ellas vengan por avaricia, me complace ser engañando, pues las veré. ¡Quiero a mis hijas!, ¡yo las he hecho!, ¡ellas son mías! ̶  dijo, enderezándose en su cama, y mostrando a Eugéne una cabeza cuyos cabellos blancos estaban revueltos y con un gesto de amenaza que brotaba de cada uno de sus rasgos.
̶ Vamos ̶  le dijo Eugéne ̶ , recuéstese, mi buen papá Goriot, voy a escribirles. Tan pronto como llegue Bianchon, iré, si ellas no han venido.
̶ ¿Y si ellas no vienen? ̶  repitió el viejo, gimiendo ̶ . Ya estaré muerto, muerto en un acceso de ira, de ira. ¡La ira se apodera de mí! En este momento veo mi vida entera. ¡Me he estado engañando! Ellas no me quieren, no me han querido nunca, eso es evidente. Si no han venido es porque ya no vendrán. Mientras más se demoren, menos se decidirán a darme esta alegría. Las conozco. No han sabido jamás adivinar ninguno de mis pesares, de mis dolores, de mis necesidades: tampoco adivinarán mi muerte; ni siquiera comparten el secreto de mi ternura. Sí, lo veo muy claro: mi hábito de abrirme las entrañas para ellas quitó todo valor a lo que yo hacía. Si me hubiesen pedido que me arrancara los ojos, les hubiera dicho: ‘’!Sáquenlos!’’ Soy demasiado torpe. Ellas creen que todos los padres son como el suyo. Es preciso siempre hacerse valer. Sus hijos me vengarán. Por eso les interesa venir aquí. Prevéngalas, pues, que comprometen su propia agonía. Ellas cometen todos los crímenes en uno solo. ¡Sí, vaya, dígales que no venir es un parricidio! Han cometido bastantes crímenes para que agreguen éste. Grite entonces conmigo: ‘’!Ah, Nasie, ah, Delphine, vengan donde su padre, que ha sido tan bueno con ustedes y que sufre!’’ Nada. Nadie. ¿Moriré, pues, como un perro? He aquí mi recompensa: el abandono. Son infames, malvadas; las detesto, las maldigo; en la noche me levantaré de mi ataúd para volverlas a maldecir; en fin, ¿es que me equivoco, amigos míos? Ellas se portan muy mal, ¿verdad? ¿Qué es lo que digo? ¿No me había dicho que Delphine estaba aquí? Es la mejor de las dos. Usted es mi hijo, Eugéne, ¡usted!, quiérala, sea un padre para ella. La otra es muy desgraciada. ¡Y sus fortunas! ¡Ah, Dios mío! ¡Me muero, sufro demasiado! Córtenme la cabeza, déjenme sólo el corazón.
̶ Christophe, vaya a buscar a Bianchon ̶  gritó Eugéne, aterrado del carácter que tomaban las quejas y los gritos del viejo ̶  y consígame un cabriolé.
̶ Iré a buscar a sus hijas, mi buen papá Goriot; yo se las traeré.
̶ ¡Por la fuerza, por la fuerza! Pida la policía, la tropa, ¡todo!, ¡todo! ̶  dijo, enviando a Eugéne una última mirada en la que brillaba la razón ̶ . Dígale al gobierno, al procurador del rey que me las traiga: ¡yo lo exijo!
̶ Pero usted las maldijo.
̶ ¿Quién fue el que dijo tal cosa? ̶  respondió el viejo, estupefacto ̶ . ¡Usted sabe bien que yo las amo, que las adoro! Me aliviaría si las viera. Vamos, mi buen vecino, mi querido hijo, vamos, usted es bueno; quisiera agradecérselo, pero no tengo nada que darle, sino las bendiciones de un moribundo. ¡Ah, al menos quisiera ver a Delphine para decirle que cubra la deuda que tengo con usted! Si la otra no puede, tráigame a ésta al menos. Dígale que usted no la seguirá amando si no quiere venir. Ella lo quiere tanto, que vendrá. Algo de beber, ¡se me queman las entrañas! Póngame algo en la cabeza. La mano de mis hijas… eso me salvaría… lo sé. ¡Dios mío!, ¿quién reconstituirá sus fortunas si yo me voy? Quiero ir a Odessa para ellas, a Odessa, a fabricar pasta.
̶ Tome esto ̶  dijo Eugéne soliviando al moribundo y cogiéndolo con su brazo izquierdo, en tanto que en el otro sostenía una tasa de tisana.
̶ ¡Usted tiene que amar a su padre y a su madre! ̶  dijo el viejo estrechando con sus manos desfallecientes la mano de Eugéne ̶ . ¿Comprende que voy a morir sin verlas, a mis hijas?  Tener siempre sed y no beber nunca, así es como he vivido en estos últimos diez años… Mis dos yernos mataron a mis hijas. ¡Padres, exíjanle al Parlamento que haga una ley sobre el matrimonio! En fin, si usted quiere a sus hijas, no las case. El yerno es un bandido que lo estropea todo en una hija, que todo lo mancilla. ¡No más matrimonios! Es el matrimonio lo que nos priva de nuestras hijas y cuando morimos ya no las tenemos. Hagan una ley sobre la muerte de los padres. ¡Esto es espantoso! ¡Venganza! Son mis yernos los que les impiden venir. ¡Mátenlos! Muerte a Restaud, muerte al alsaciano, ¡ellos son mis asesinos! ¡La muerte o mis hijas! ¡Ah, todo ha terminado, muero sin ellas! ¡Ellas! Nasie, Fifine, ¡bueno!, vengan. Vuestro padre se va…

̶ Mi buen papá Goriot, cálmese, vamos, quédese tranquilo, no se agite, no piense.
̶ ¡No verlas, eso es la agonía!
̶ Usted las verá.
̶ ¡Es cierto! ̶  gritó el viejo, trastornado ̶ . ¡Oh, verlas, voy a verlas, a oír su voz! Moriré feliz. ¡Y bien, es verdad, no puedo vivir más tiempo, ya no tenía interés en la vida, las penas iban en aumento! Pero verlas, tocar sus vestidos, ¡ah!, sólo sus vestidos, es bien poco; pero que yo pueda sentir alguna cosa de ellas. Ayúdeme a tocarles sus cabellos, quiero…
Su cabeza cayó sobre la almohada como si hubiera recibido un mazazo. Sus manos se agitaron sobre el cobertor, como si estuviera cogiendo los cabellos de sus hijas.
̶ Yo las bendigo ̶  dijo haciendo un esfuerzo ̶ , las bendigo.
De repente se desplomó. En ese instante entró Bianchon.
̶ Me encontré a Christophe ̶  dijo ̶ , fue a traerte un coche ̶  luego miró al enfermo, le levantó los párpados y los dos estudiantes le vieron un ojo sin calor y sin brillo ̶ . Ya no recuperará el sentido  ̶  dijo Bianchon ̶ , no lo creo. ̶  Le tomó el pulso, lo auscultó, puso la mano sobre el corazón del buen hombre.
̶ La máquina funciona todavía; pero, en su estado, es una desgracia, sería mejor que muriera.
̶ Claro que sí ̶  dijo Rastignac.
̶ ¿Qué te pasa?, estás pálido como la muerte.
̶ Amigo mío, acabo de escuchar clamores y lamentos. ¡Tiene que haber un Dios! ¡Sí, sí, hay un Dios y nos ha construido un mundo mejor, o nuestra tierra no tiene sentido! Si no hubiera sido tan trágico, estaría desecho en lágrimas, pero tengo el corazón y el estómago terriblemente secos y cerrados.

Y para terminar, les dejo el link para empezar a oír esta maravillosa obra como audionovela. Como plus, les comento que está narrada por Mario Vargas Llosa. Brutal! Pero siempre preferiré los libros en físico, obviamente; !así se mueven mis pasiones!

martes, 12 de julio de 2011

El Doctor Fausto y los siete pecados capitales - Cristopher Marlowe

A continuación les traigo un excelente fragmento de la última obra de teatro que tuve el gusto de leer: La trágica historia del doctor Fausto, de Cristopher Marlowe (S. XVI). Llegué a ella por una curiosidad, buscando de dónde salía el intro de una canción de una de mis bandas favoritas (Forgotten Tomb- Negative Megalomania). La poesía que se combina deliciosamente con el drama llenan toda esta obra, limpia y sin nada que envidiar a los posteriores escritores modernos. Elegí este fragmento, muy representativo de lo demás en el texto. Espero les agrade (si desean el libro me lo pueden solicitar y con gusto se los enviaré en formato digital).
LUCIFER. —-Cristo no puede salvar tu alma, porque es justo. Nadie, salvo yo, tiene interés en eso.
FAUSTO. — ¿Quién eres tú, que tan terrible pareces?
LUCIFER. —-Soy Lucifer y éste es mi compañero en el principado del infierno.
FAUSTO. —-¡Ay, Fausto, que vienen a buscar tu alma!
LUCIFER.- Venimos a decirte que nos injurias hablando de Cristo, contrariamente a tu promesa. No debes pensar en Dios, sino en el diablo y en su condenación también.
FAUSTO. —-No delinquiré en adelante; perdonadme y Fausto promete no volver a mirar a los cielos, ni a nombrar a Dios, ni a suplicarle, sino que quemará sus Escrituras, matará a sus ministros y hará que mis espíritus derriben sus templos.
LUCIFER. — Hazlo así y altamente te recompensaremos. Fausto, hemos venido del infierno para ofrecerte un entretenimiento. Siéntate y verás los siete diabólicos pecados capitales aparecer en su debida forma.
FAUSTO. — Tan placentero será eso para mí como el Paraíso para Adán el primer día de su creación.
LUCIFER. — No hables del Paraíso ni de la creación. Habla del diablo y nada más. ¡Ven!

(Entran los siete pecados capitales.)

LUCIFER. —-Examina, Fausto, sus diversos nombres y disposiciones.
FAUSTO. —-¿Quién eres tú, el primero?
SOBERBIA. — Soy la Soberbia. No quiero reconocer a mis padres. Como la pulga de Ovidio me deslizo en lo más recóndito de las mozas; a veces, como una peluca, me asiento en su cabeza, o, como un abanico de plumas, beso sus labios. Y hago... ¿qué no haré yo? Pero ¿notas qué olor hay aquí? No hablaré una palabra más, salvo si el suelo está perfumado y cubierto de tapices.
FAUSTO. —-¿Quién eres tú, el segundo?
CODICIA. —-Yo soy la Codicia, engendrada por un avaro en un viejo bolsón de cuero, y, de cumplirse mis deseos, haría que esta casa y cuantos en ella hay se convirtieran en oro para poder encerrarlos en mi buen cofre. ¡Oh, mi dulce oro!
FAUSTO. —-¿Quién eres tú, el tercero?
IRA. —-Yo soy la Ira. No tengo padre ni madre y broté de la boca de un león cuando yo apenas tenía media hora de vida. Desde entonces siempre ando por el mundo con esta caja de espadas, hiriéndome a mí mismo cuando no puedo herir a otros. Nací en el infierno. Pensad en ello, porque alguno de vosotros puede ser mi padre.
FAUSTO. — ¿Quién eres tú, el cuarto?
ENVIDIA. — Soy la Envidia, engendrada por un deshollinador en una ostra hembra. No sé leer y por eso deseo quemar todos los libros. Me enflaquece ver comer a otros. ¡Oh, si hubiera un gran hambre en todo el mundo para que todos muriesen y quedara yo sola, verías cuan gorda me tornaba! Pero ¿estás tú sentado y yo de pie? ¡Eso clama venganza!
FAUSTO. —-¡Fuera, envidiosa picara! ¿Quién eres tú, el quinto?
GULA. — ¿Quién soy, señor? Soy la Gula. Mis parientes han muerto todos y no me han dejado un endiablado penique, sino una pensión tan escasa que sólo me alcanza para treinta comidas diarias y diez piscolabis, lo cual es una insignificancia para la naturaleza. Por cierto que desciendo de real progenie. Fue mi abuelo un Jamón Curado y mi abuela una Barrica de Vino Clarete. Fueron mis padrinos Pedro Sardina-en-Escabeche y Buey Cebón. Mi madrina fue mujer distinguida, muy estimada en todos los buenos pueblos y ciudades: la señora Margarita Cerveza-de-Marzo. Ahora, Fausto, que sabes cuál es mi linaje, ¿me convidarás a comer?
FAUSTO. —-No; que te cuelguen. Devorarías todas mis vituallas.
GULA. — Entonces, ¡el diablo te ahogue!
FAUSTO. —-¡Ahogate a ti, glotona! ¿Quién eres tú, el sexto?
PEREZA. —-- Soy la Pereza. Fui engendrada en una soleada margen donde desde entonces descanso. Y gran injuria me has hecho trayéndome de allí; haz que me lleven otra vez la Gula y la Lujuria. No hablaré otra palabra ni por el rescate de un rey
FAUSTO. — ¿Quién eres tú, Doña Descaros, séptima y última?
LUJURIA. — ¿Quién soy yo, señor? Soy quien prefiere una pulgada de carne cruda a una carga de pescado frito, y la primera letra de mi nombre empieza con Lujuria.
LUCIFER. — ¡Fuera! ¡Al infierno, al infierno! (Salen los pecados.) ¿Te ha placido eso, Fausto?
FAUSTO. — Gran sustento es para mi alma.
LUCIFER. — En el infierno, Fausto, hay toda clase de deleites.
FAUSTO. — Me gustaría ver el infierno y volver. ¡Qué feliz sería yo entonces!
LUCIFER. — Lo lograrás. Hoy a medianoche mandaré a buscarte. Entre tanto toma este libro, hojéalo y adopta la forma que quieras.
FAUSTO. — Muchas gracias, poderoso Lucifer. Guardaré esto con tanto cuidado como mi vida.
LUCIFER. — Adiós, Fausto, y piensa en el diablo.
FAUSTO. — Adiós, gran Lucifer. Vamos, Mefistófeles.

He aquí la canción que les nombré al inicio. El intro traduce una parte (reducida) en la que Fausto dice lo siguiente:
''Lleva esta noticia al gran Lucifer: que Fausto, habiendo incurrido en la muerte eterna por sus desesperados pensamientos contra la divinidad de Júpiter, dice que quiere entregarle su alma al diablo, siempre que él le conceda veinticuatro años de vivir en medio de todas las voluptuosidades, teniéndote aquí siempre para asistirme, para darme cualquier cosa que pida, para decirme cualquier cosa que te pregunte, para matar a mis enemigos y ayudar a mis amigos y para ser siempre obediente a mi voluntad.''