martes, 28 de julio de 2015

Sentencia de muerte para la grosería - Jack Ritchie

Hace un par de años o más, había un lugar en el que compraba buenos libros de segunda. Evidentemente me fijo mucho en la literatura de terror, además de la clásica y universal, pero aquel día me topé con una recopilación de cuentos elegidos por Alfred Hitchcock titulada 'Prohibido a los nerviosos', publicada en 1969. El presente cuento data del año 1961, haciendo parte de la oleada del terror contemporáneo. Una maravilla. Gente con una imaginación envidiable, maneras muy diversas, curiosas e interesantes para llegar a sus objetivos y, sobre todo, mucho suspenso y en ocasiones algo de sangre (pero poquita, el título tampoco va hacia allá).
Espero les agrade. No tengo mucho que decir al respecto mas que es un excelente cuento por su moraleja. Cuidado con la grosería, lectores. Uno nunca sabe quien lo pueda sentenciar por andar de irrespetuoso :) (Recuerden que la cursiva pertenece a mis notas personales).

-¿Qué edad tiene usted? -pregunté.

Sus ojos no se separaban del revólver que yo sostenía en la mano. 

-Escuche señor, no hay mucho dinero en la registradora pero lléveselo todo. No le proporcionaré dificultades.

-No me interesa en absoluto su asqueroso dinero, al menos desde su punto de vista. Podría usted haber vivido otros veinte o treinta años más si se hubiera tomado la más mínima molestia de ser cortés.

El hombre no me comprendió.

-Vaya matarle -añadí- por culpa del sello de cuatro centavos y por el dulce.

El hombre no sabía lo que yo quería decir con aquello del dulce, pero sí parecía caer en la cuenta sobre lo del sello.

El pánico se exteriorizó en sus facciones.

-Usted debe estar loco. No puede matarme a causa de eso.

-Sí que puedo.

Y así lo hice.

Cuando el doctor Briller me dijo que solamente me quedaban cuatro meses de vida me sentí, por supuesto, muy perturbado.

-¿Está usted seguro de que no se han mezclado las radiografías mías con otras? He oído que a veces sucede eso.

-Me temo que no, señor Turner.

Luego lo pensé un poco mejor. Los informes del laboratorio… quizá mi nombre figuraba equivocadamente en alguno de ellos…

El médico movió lentamente la cabeza.

-Lo he comprobado detenidamente, cosa que hago siempre en estos casos. Es práctica de seguridad, ¿comprende usted?

Era la última hora de la tarde y la hora en la que el sol estaba cansado. Yo tenía esperanzas de que cuando me llegara la hora de morir realmente, fuese por la mañana. Indudablemente sería mucho más alegre.

-En casos como éste - añadió el doctor - un médico se enfrenta siempre a un dilema. ¿Debe o no decirle la verdad a su paciente? Yo siempre acostumbro a decir la verdad a los míos. Eso les da tiempo para arreglar sus asuntos y correrla un poco, por decirlo así.

El doctor hizo una pausa y atrajo hacia sí un bloc de papel que descansaba sobre la mesa de despacho. Luego añadió:

-También estoy escribiendo un libro. ¿Qué intenta usted hacer con el tiempo que le queda?

-Realmente no lo sé. Ya sabe usted que lo estoy pensando desde un minuto o dos.

-Desde luego - dijo Briller -. Por ahora no hay prisa. Pero cuando usted decida sobre ese aspecto, hágamelo saber, ¿lo hará? Mi libro menciona las cosas que hace la gente que sabe tiene sus días contados…

Briller hizo otra pausa y apartó hacia un lado el bloc de papel, añadiendo tras una pausa de silencio:

-Visíteme cada dos o tres semanas. Eso servirá para medir el progreso de su descenso.

A continuación Briller me acompañó hasta la puerta diciendo:

-Ya tengo anotados veintidós casos como el suyo…

. Luego el médico pareció mirar hacia la lejanía, adoptando una actitud de total reflexión y murmuró:

-Podría llegar a ser un best seller, ¿comprende usted?
Me encanta el realismo. La frialdad, la crueldad. ¿No vivimos en un mundo en el que cada cual toma provecho hasta de lo más mísero de la existencia humana? Lo terrible es tomar aquello de otras existencias humanas, con la propia insensibilidad de quien, ya sin escrúpulos por haberse adaptado a su oficio, lo único que desea es dinero a toda costa. Patético. 
Mi vida siempre fue dulce, una vida muelle. No vivida sin inteligencia, pero sí dulce.

No he contribuido con nada al progreso del mundo… y en ese aspecto me parece que tengo mucho en común con la mayoría de los seres humanos que pueblan la tierra… pero, por otra parte tampoco me he apoderado de nada. En resumen pedí a la vida que me dejara solo. La vida ya es lo suficientemente difícil sin tener que vivirla en una no deseada asociación con otras personas.

¿Qué es lo que uno puede hacer con los cuatro meses que le quedan de vida muelle?

No tenía la menor idea de lo que había caminado y pensado sobre este tema cuando de repente me encontré atravesando el largo puente curvo que, en suave pendiente, desciende hasta la carretera del lago. El sonido de una música mecánica interrumpió mis pensamientos y miré hacia abajo.

Un circo, o quizá se celebraba algún festejo de carnaval, pensé.

Era el mundo de la magia donde el oro es dorado, donde el maestro de ceremonias, el maestro o director de pista es tan caballero como auténticas son las medallas que adornan su pecho, y donde las rosadas damas que montan a caballo tienen duras facciones y peor carácter. Era el dominio de los vendedores de ásperas voces y de los mil cambalaches.

Siempre tuve la impresión de que la desaparición de los grandes circos podía considerarse como uno de los avances culturales del siglo xx, y, sin embargo, en aquellos momentos descubrí que sin darme cuenta descendía hasta el pie del puente y al cabo de unos momentos me encontraba a medio camino del circo entre unas filas de barracas donde se exhibían las mutaciones humanas para entretenimiento de los niños.

Pronto llegué hasta la entrada principal del circo y contemplé perezosamente al aburrido taquillero que se hallaba cómodamente situado en una elevada cabina junto a la puerta principal.

Un hombre de agradable aspecto, acompañado por dos niñas se aproximó a él y le entregó varios rectángulos de cartulina que parecían ser pases.

El portero recorrió con un dedo una lista impresa que tenía a su lado. Sus ojos se endurecieron y miró despreciativamente, durante un momento, al hombre y a las niñas. Luego, lenta y deliberadamente, rasgó los pases en mil pedazos y dejó caer al suelo los fragmentos.

-No son buenos - murmuró.

El hombre se sonrojó y replicó:

-No lo comprendo.

-¡No dejó usted los carteles colocados! - gritó el hombre -. Y ahora…, ¡lárguese de aquí!

Las niñas miraron a su padre con expresión de desconcierto. ¿Haría su papá algo por solucionar aquello?

El hombre permaneció inmóvil durante un momento a la vez que la ira hacia palidecer su rostro. 

Parecía que estaba a punto de decir algo, pero luego miró a las dos niñas. Cerró los ojos durante un momento como si hiciese un terrible esfuerzo por controlar su cólera, y luego dijo:

-Vámonos, nenas, vámonos a casa.

El hombre se alejó con ellas y éstas miraron por dos veces hacia atrás, asustadas, pero sin decir nada.
Me aproximé inmediatamente al portero y le pregunté:

-¿Por qué ha hecho usted eso?

El hombre me miró desde lo alto de su cabina. -¿Qué le importa a usted eso? - inquirió a su vez. -Quizá mucho.

El portero me estudió durante un momento con gesto de irritación y luego respondió:

-Porque no dejó los carteles colocados.

-Ya lo escuché antes. Ahora explíqueme qué es eso.

El hombre respiró con tanta dificultad como si le costara dinero y dijo:

-Nuestro agente avanzado va de ciudad en ciudad semanas antes de que nosotros lleguemos, un par de semanas antes todo lo más. Deja en todos los sitios carteles anunciando el espectáculo que traemos, y los deja en donde puede… en las abacerías, zapaterías, mercados… cualquier lugar donde el propietario pueda adheridos a su escaparate para dejados allí hasta que el espectáculo llegue a la ciudad. Por el servicio se le regalan dos o tres pases. Pero algunos de estos tipos no saben que el servicio se comprueba, o mejor dicho que lo comprobamos. Si los carteles no están en el escaparate cuando llegamos a la ciudad entonces los pases quedan sin validez alguna.

-Comprendo - dije secamente -. Y por eso usted rompe los pases en sus mismas narices y delante de los niños. Evidentemente ese hombre quitó los carteles de su establecimiento demasiado pronto. O quizá esos pases se los ha regalado otro hombre que quitó los carteles de su establecimiento.

-¿Y qué diferencia hay? Los pases no sirven. -Quizá no haya diferencia alguna en eso. Pero, ¿se da usted perfecta cuenta de lo que acaba de hacer?

Los ojos del hombre se entornaron tratando de estudiarme y de calcular el poder que podría tener yo. Luego añadí:

-Ha cometido usted uno de los actos humanos más crueles. Ha humillado usted a ese hombre delante de las niñas, de sus hijas. Les ha infligido usted una herida cuya cicatriz perdurará a lo largo de todas sus vidas. Ese hombre se llevará a casa a las niñas y su camino será largo, muy largo. ¿Y qué podrá decirle a sus hijas?

-¿Es usted polizonte?

-No, no soy polizonte. Los niños de esa edad consideran a su padre como el mejor hombre del mundo. Le consideran el más amable, el más cariñoso, el más valiente de todos. Y ahora siempre recordarán que un hombre, otro hombre, se portó mal con su padre… y él no pudo hacer nada.

-De acuerdo, rompí sus pases, ¿por qué no compró entradas corrientes? ¿Es usted algún inspector de la ciudad? .

-No, tampoco soy un inspector de la ciudad. ¿Y esperaba usted que ese hombre comprara entradas después de la humillación que acababa de sufrir? Usted dejó al hombre sin recursos morales. No podía comprar entradas y no podía tampoco crear una bien justificada escena porque estaban los niños delante. No pudo hacer nada. Nada en absoluto sino retirarse con las dos niñas que deseaban ver su miserable circo y ahora ya no pueden hacerlo.

Miré al pie de su cabina. Allí estaban todavía los fragmentos de muchos más sueños… las ruinas de otros hombres que habían cometido el crimen capital de no dejar en sus escaparates los carteles el tiempo suficiente. Luego añadí:

-Pudo usted decir: “Lo siento, señor, pero sus pases no son válidos”. Y luego explicar cortés y pacíficamente por qué.

-No me pagan para ser cortés - dijo el hombre enseñando una dentadura amarillenta -. Y, señor…, me gusta romper pases. Me produce satisfacción. ¿Comprende?
¡En efecto! Esto sí que se ve todos los días, y en todos los lugares. Claramente, a un sujeto le pagan por hacer su trabajo pero... ¿por qué es tan dificultoso hallar la cortesía? ¿Por qué contagiar a los demás de mal humor, llenarles de ansiedad o de estrés? ¿Es eso gratificante para sus míseras vidas? (Me enojo, me enojo...)
Allí estaba. Aquel elemento era un hombrecillo al que se le había concedido un pequeño poder y lo empleaba como un César.

El hombre se levantó a medias de su asiento y añadió: -Ahora lárguese de aquí, señor, antes de que baje y se lo haga comprender de otra manera.

Sí. Era un hombre dotado de crueldad, una especie de animal nacido sin sentimientos ni sensibilidad y destinado en el mundo a hacer todo el daño que pudiese mientras existiera. Era una criatura que debía ser eliminada de la faz de la tierra.

Si yo tuviese el poder de… Miré durante un momento hacia aquel retorcido rostro y luego giré sobre mis talones para alejarme. En la parte alta del puente, tomé un autobús y me apeé en una tienda de artículos para deporte que había en la calle 37.

Compré un revólver del calibre 32 y una caja de munición.

¿Por qué no asesinamos? ¿Porque no sentimos la justificación moral de tal acto final? ¿O quizá se debe más a que tememos las consecuencias si nos descubren… lo que nos pueda costar, a nuestras familias o a nuestros hijos?

Y así sufrimos las humillaciones y los insultos con tremenda docilidad, las soportamos porque eliminados nos costaría aun más sufrimientos de los que ya padecemos.

Pero yo no tenía familia ni amigos íntimos. Y solamente me quedaban cuatro meses de vida.

El sol se había puesto y las luces de la feria brillaban cuando me apeé del autobús en el puente. Miré hacia la cabina del circo y allí estaba todavía el hombre sentado en su garita.

“¿Cómo debía hacerlo?”, me pregunté. Vi cómo otro hombre le relevaba en su puesto… al parecer con gran alivio del primero. Encendió un cigarrillo y comenzó a caminar lentamente hacia el oscuro frente del lago.

Me acerqué a él al doblar una curva oculta por unos altos arbustos. Era un lugar solitario, pero lo suficientemente cercano a la feria para que sus diferentes ruidos llegaran todavía a mis oídos.

El hombre oyó mis pasos y dio media vuelta. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios y con una mano se frotó los nudillos de la otra al mismo tiempo que decía:

  -Está usted buscándoselo, señor.

  Sus ojos se abrieron enormemente cuando vio el revólver que yo sostenía en la mano.

-¿Qué edad tiene usted? - pregunté.

-Escuche, señor - dijo el hombre rápidamente-. Solamente tengo en el bolsillo un par de billetes de diez dólares.

-¿Qué edad tiene usted? -repetí.

Sus ojos parpadearon nerviosamente al responder: -Treinta y dos años.

Moví la cabeza tristemente y comenté:

-Podía haber vivido usted hasta los setenta y tantos quizá. Cuarenta años más de vida si se hubiera tomado la simple molestia de actuar como un ser humano.
Bueno, aquí me queda la pregunta sobre qué es realmente actuar como un ser humano. Tal vez lo que es inhumano es actuar de manera sensible frente a las necesidades de las demás personas, ser paciente y demás. ¿Será que lo verdaderamente humano es la insensibilidad, la crueldad y el maltrato hacia nuestros iguales?
El hombre palideció y preguntó:

-¿Está usted loco, amigo?

-Es posible.

Y en aquel momento apreté el gatillo.

El ruido del disparo no fue tan fuerte como yo esperaba o quizá su eco se perdió entre los demás ruidos de la feria.

El hombre se tambaleó y luego cayó muerto en el borde del sendero que conducía al lago.

Tomé asiento en un cercano banco del parque y esperé. ¿Acaso nadie había oído el disparo?

Repentinamente me di cuenta de que sentía apetito. No había comido nada desde el mediodía. El pensamiento de que me llevaran a una comisaría y me hiciesen preguntas durante largo tiempo me parecía cosa intolerable. Y además me dolía mucho la cabeza.

Arranqué una página de mi libreta de notas y comencé a escribir:

“Una palabra descuidada puede perdonarse. Pero una vida de cruel grosería no. Este hombre merece la muerte.” (Subrayas fuera del texto).

Estaba a punto de firmar con mi nombre pero entonces decidí que mis iniciales serían suficientes por el momento. No deseaba que me detuvieran antes de comer algo y tomar unas aspirinas.

Doblé la hoja y la coloqué en el interior del bolsillo superior de la americana del portero muerto.
No me encontré con nadie cuando retrocedí por el sendero y ascendí luego hacia el puente. Caminé hasta llegar a Weschler’s, probablemente el mejor restaurante de la ciudad. Los precios, en circunstancias normales, iban más allá de mis posibilidades económicas, pero en aquellos momentos opiné que podía permitirme el lujo de hacer un extraordinario.

Después de cenar decidí que no estaría nada mal dar un paseo nocturno en autobús. Me gustaba aquella forma de excursión a través de la ciudad y, después de todo, también comprendía que mi libertad de movimientos muy pronto quedaría restringida.

El conductor del autobús era claramente un hombre impaciente y aún estaba mucho más claro que los pasajeros eran sus enemigos. Sin embargo la noche era hermosa y el autobús no estaba muy lleno de gente.

En la calle 68, una mujer de aspecto frágil, cabellos muy blancos y rasgos de camafeo esperaba en la curva. El conductor, gruñendo, detuvo el vehículo y abrió la portezuela.

La mujer sonrió e hizo un movimiento de cabeza, asintiendo, a los pasajeros cuando puso el pie en el primer escalón. Se podía observar que la vida de aquella mujer era de suave felicidad y de muy pocos viajes en autobús.

-¡Bien! - gritó el conductor -. ¿Va usted a tardar todo el día en subir?

La mujer se sonrojó y tartamudeó:

-Lo siento, señor…

Y al mismo tiempo le entregó un billete de cinco dólares.

El hombre abrió los ojos asombrado.

-¿No tiene usted cambio? - preguntó.

La mujer se sonrojó aún más y murmuró:

-No lo creo. Pero miraré…

Era evidente que el conductor iba adelantado en su itinerario y esperó.

Y otra cosa estaba muy clara. Que estaba disfrutando enormemente con la escena.

La mujer encontró un cuarto de dólar y lo sostuvo entre los dedos tímidamente.

-¡En la máquina! - bramó el conductor.

La mujer dejó caer la moneda en la máquina automática del cambio.

El conductor arrancó el vehículo violentamente y la mujer casi cayó al suelo. Se las pudo arreglar para asirse a tiempo a una de las barras de los asientos.

Sus ojos se posaron sobre los pasajeros como si tratara de disculparse… por no haberse movido más rápidamente, por no tener cambio, y por casi haberse caído. Una sonrisa tembló en sus labios y luego tomó asiento.

En la calle 82, la mujer hizo presión sobre el botón de aviso, se puso en pie y avanzó hacia la parte delantera del vehículo.

El conductor miró hacia atrás al mismo tiempo que detenía al autobús.

-¡Por la parte de atrás! - gritó -. ¿Por qué no se acostumbrará la gente a usar la parte de atrás?

Yo siempre fui partidario de usar las portezuelas posteriores de los autobuses especialmente cuando éstos van llenos de gente. Pero en aquel momento ocupaban el coche una media docena de pasajeros que leían sus periódicos con terrible indiferencia.

La mujer se volvió, palideciendo, y se dirigió a la portezuela trasera.

La tarde que había pasado o la que pensaba pasar había quedado arruinada. Y quizá muchas más tardes al acordarse de aquélla.

Yo seguí en el autobús hasta el final de la línea.

Era el único pasajero cuando el conductor dio la vuelta al vehículo y lo aparcó.

Se trataba de un lugar desierto, una esquina mal iluminada y no había pasajeros esperando en el pequeño refugio de la curva. El conductor lanzó una ojeada a su reloj, encendió un cigarrillo y luego se dio cuenta de mi presencia.

-Si piensa usted seguir en el coche, señor, ponga otros veinticinco centavos en la máquina. Aquí no se da nada gratis - aclaró.

Me levanté de mi asiento y caminé lentamente hacia la delantera del vehículo.

-¿Qué edad tiene usted? -pregunté.

-Eso no le interesa.

-Unos treinta y cinco años, imagino - dije -. Aún le quedaban por delante quizá unos treinta años más…

Y al pronunciar estas últimas palabras extraje el revólver del bolsillo.

El conductor dejó caer al suelo el cigarrillo. -Llévese el dinero - dijo.

-No me interesa el dinero. Estoy pensando en una dama muy educada y también en otros cientos de damas más y en muchos hombres inofensivos y niños que sonríen. Usted es un criminal. No existe justificación para lo que usted hace con ellos. Ni tampoco existe justificación para que usted siga viviendo.

Y le maté.

Tomé asiento y esperé.

Al cabo de diez minutos aún estaba sentado solo en compañía del cadáver.

Me di cuenta de que tenía sueño. Un sueño increíble. Sería mejor dormir durante toda una noche y luego entregarme a la policía.

Escribí mi justificación sobre la muerte del conductor en otra hoja de papel, añadí mis iniciales, y se la metí en un bolsillo.

Tuve luego que caminar a lo largo de cuatro manzanas de casas antes de encontrar un taxi que me llevara a mi apartamento.

Dormí profundamente y quizá soñé. Pero si lo hice, mis sueños fueron agradables e inocuos. Eran casi las nueve de la mañana cuando desperté.

Después de ducharme y desayunar calmosamente, elegí mi mejor traje. Recordé que aún no había pagado la factura mensual del teléfono. Extendí un talón y luego lo metí en un sobre en el que escribí la adecuada dirección. Luego descubrí que no tenía sellos. “No importa -me dije-, compraré uno de camino a la comisaría.”
Curiosa y desbordante la personalidad del sujeto que, después de haber cometido alguna acción considerada como delictiva, reconociendo la obligatoriedad de la ley humana, decide entregarse voluntariamente. Maravilloso no sentir ningún tipo de remordimiento, sino simplemente haber actuado de principio a fin en pos del deber. ¡Fascinante!
Casi había llegado a esta última cuando de nuevo recordé el sello. Me detuve en un almacén de la esquina más próxima. Era un lugar en el que jamás había entrado antes.

El propietario, ataviado con americana blanca, se hallaba sentado tras el mostrador leyendo el periódico y un vendedor a comisión hacía notas en un libro de pedidos.

El dueño del establecimiento ni siquiera miró cuando yo entré en la tienda y dijo al vendedor:

-Tienen ya sus huellas dactilares a causa de las notas, conocen su escritura, y también sus iniciales, ¿qué le pasa a la policía?

El vendedor se encogió de hombros y replicó:

-¿ Y para qué sirven las huellas dactilares si el asesino no figura en los archivos de la policía? Lo mismo ocurre con la escritura si no se la puede comparar con otra. ¿Y cuántas personas en la ciudad tienen esas mismas iniciales L. T.?

El vendedor cerró su libro y dijo a continuación:

-Volveré la semana que viene.

Cuando se fue, el propietario de la tienda continuó leyendo el periódico.

Yo aclaré la garganta.

El hombre terminó de leer un largo párrafo y luego alzó la cabeza.

-Dígame… -murmuró.

-Un sello de cuatro centavos, por favor.

El hombre adoptó la misma expresión que si en aquel momento yo le hubiese propinado una bofetada. Me miró durante quince segundos, luego abandonó su taburete y lentamente se dirigió hacia la parte posterior de la tienda donde había una pequeña ventana enrejada.

Yo estaba a punto de seguirle, pero en aquel momento llamó mi atención una pequeña exposición de pipas que había a mi izquierda.

Al cabo de un rato sentí que unos ojos se posaban sobre mí. Alcé la cabeza.

El dueño de la tienda se halla en pie al final del establecimiento, apoyando una mano en la cadera y sosteniendo en la otra el sello. Al cabo de un par de segundos, preguntó:

-¿Acaso espera que yo se lo lleve ahí?

Y en aquel preciso momento recordé a un pequeño muchacho de seis años de edad que poseía cinco centavos. Cinco centavos de aquellos tiempos, en los que se vendían tantos dulces de infinitas variedades.

El chico, que en tal caso había sido yo, acababa de entrar en el establecimiento arrastrado por el atractivo escaparate donde se exhibían varias clases de dulces, y ya en el interior del establecimiento había luchado con la indecisión. ¿Cuál elegir? Bueno, le gustaban todos, pero no aquellas guindas escarchadas. No, aquello no le gustaba.

Y entonces se había dado cuenta de que el tendero se hallaba en pie al lado del escaparate, golpeando con un pie sobre el suelo lleno de impaciencia. Los ojos del tendero resplandecían de irritación… No, había sido algo más que eso, brillaban de cólera.

«-¿Es que piensas estar aquí todo el día con esa piojosa moneda en la mano?», le había preguntado el hombre.

Aquel niño era un niño muy sensible y las palabras del tendero le habían sentado tan mal como si en aquel momento alguien le hubiese golpeado. Sus preciosos cinco centavos no valían nada. Aquel hombre le había despreciado, y en él despreciaba a todos los niños.

Luego había señalado con la mano hacia el escaparate para casi tartamudear:

-Cinco centavos de eso…

Cuando abandonó el establecimiento descubrió que en la bolsa sólo llevaba guindas escarchadas.

Pero aquello no importaba realmente. Aun cuando hubiese llevado otra cosa, tampoco habría podido comerla.

Ahora miré al propietario del establecimiento y al sello de cuatro centavos y a aquella expresión de odio hacia todo ser humano que no contribuyese debidamente al aumento de sus beneficios. No me quedaba la menor duda de que inmediatamente sonreiría si me decidía a comprarle una de sus pipas.
Pero volví a pensar en el sello de cuatro centavos y en aquel paquete de guindas que había arrojado a la basura hacía muchos años.

Avancé hacia el fondo del almacén y saqué el revólver del bolsillo.

-¿Qué edad tiene usted? - pregunté.

Cuando murió no esperé más qué el tiempo suficiente para escribir una nota. Esta vez había matado para vengar unas horas de mi infancia y realmente necesitaba un trago.

Caminé a lo largo de varias casas de la misma calle y entré en un pequeño bar. Pedí un coñac y un vaso de agua.

Al cabo de diez minutos escuché el ulular de la sirena de un coche patrulla.

El dueño del bar se acercó a la ventana.

-Es en esta misma calle - dijo al mismo tiempo que se quitaba la americana blanca-. Voy a ver qué es lo que ocurre. Por favor, señor, si viene alguien diga usted que regreso en seguida.

Luego colocó la botella de coñac sobre el mostrador y añadió:

-Sírvase usted mismo…, pero dígame luego cuántas ha tomado.

Sorbí pacíficamente el coñac y contemplé desde mi taburete la llegada de más coches patrulla y a continuación la de la ambulancia.

El dueño del bar regresó al cabo de diez minutos seguido por un cliente.

-Una cerveza corta, Joe -pidió este último. -Este es mi segundo coñac -advertí yo.

Joe recogió las monedas que yo deposité en el mostrador, y dijo:

-Han asesinado al abacero de ahí abajo. Parece que ha sido el hombre que mata a la gente que no es cortés.

El cliente observó cómo Joe servía la cerveza en el vaso y preguntó:

-¿Cómo sabes eso? Bien pudo ser un atraco… Joe movió la cabeza negativamente.

-No. Fred Masters, el que tiene la tienda de televisión al otro lado de la calle, encontró el cadáver y leyó la nota.

El cliente depositó cinco centavos en el mostrador, y comentó:

-Me parece que no voy a llorar su muerte. Yo siempre compraba en cualquier otro lado. Ese tipo te vendía como si te estuviera haciendo un gran favor.

Joe asintió con un movimiento de cabeza y replicó:

-Si. No creo que nadie de la vecindad vaya a echarle mucho de menos. Era bastante inaguantable.

Yo estaba a punto de salir del bar y acercarme hasta el almacén para entregarme, pero entonces pedí otro coñac y saqué del bolsillo mi libreta de notas. Comencé a extender una lista de nombres.

Era sorprendente como un nombre seguía inmediatamente al otro. Eran recuerdos amargos, algunos grandes y otros más pequeños, algunos que yo había experimentado y otros que había presenciado… y que quizáme habían sentado mucho peor que a las víctimas.

Nombres. ¿Y el de aquel almacenista? No lo recordaba, pero también debía incluirlo.

Recordé el día y a la señorita Newman. Eramos sus alumnos de sexto grado y nos había llevado a otra de sus excursiones… Esta vez a los almacenes que había a lo largo del río, donde nos iba a enseñar “cómo trabajaba la industria”.

La señorita Newman siempre proyectaba sus excursiones por adelantado y pedía permiso para visitar los lugares adonde pensaba llevarnos, pero esta vez quizá se perdió o desorientó y llegamos al almacén… ella y los treinta chiquillos que la adoraban.

Y el almacenista la había expulsado groseramente. Había empleado un lenguaje que nosotros no entendíamos, pero que sí comprendíamos en su sentido, palabras dirigidas tanto a la señorita Newman como a nosotros.

La señorita Newman era una mujer de baja estatura que en aquel momento sintió un pánico terrible y todos nos retiramos. Al parecer, se sintió tan humillada ante nosotros que al día siguiente no apareció por la escuela ni volvió a hacerlo más, hasta que supimos que había solicitado un traslado.

Y yo, que la adoraba, sabía por qué. No podía ponerse delante de nosotros después de aquello.
¿Viviría todavía aquel individuo? Pensé que por entonces debía andar por los veintitantos años de edad.

Cuando abandoné el bar media hora más tarde, me di cuenta de que tenía por delante mucho trabajo.
Los días siguientes fueron muy atareados, y entre otros, encontré al almacenista. Le dije por lo que moría porque el hombre ni siquiera lo recordaba.

Y cuando terminé aquella labor entré en un restaurante situado no muy lejos de mi última ejecución.
La camarera suspendió su conversación con la cajera y se acercó a mi mesa.

-¿Qué desea usted? -preguntó.

Pedí un buen filete y tomates.

El filete resultó lo que se podía esperar de aquella vecindad. Cuando extendí la mano para tomar la cucharilla del café, la dejé caer al suelo accidentalmente. Luego la recogí.

-Camarera -llamé -, ¿puede traerme otra cucharilla, por favor?

La mujer se acercó airadamente a mi mesa y me arrebató la cucharilla de la mano.

-¿Qué le pasa, señor? -interrogó-. ¿Sufre de temblores o algo parecido?

Regresó al cabo de unos momentos y estaba a punto de depositar otra cucharilla sobre la mesa con énfasis considerable cuando de repente se alteró la dura expresión de sus facciones. Disminuyó el descenso del brazo y cuando la cuchara tocó el mantel de la mesa lo hizo suavemente, muy suavemente.

Luego la mujer se echó a reír nerviosa.

-Siento haber sido tan grosera, señor.

Se trataba de una disculpa, y por eso repliqué: -No tiene importancia, olvídelo.

-Quiero decir que puede usted dejar caer al suelo la cucharilla siempre que guste. Me alegrará servirle otra limpia.

-Gracias - murmuré, atendiendo a mi café.

-No se habrá ofendido usted, ¿verdad, señor? -No. En absoluto.

La mujer tomó un periódico de una cercana mesa y dijo:

-Aquí tiene usted, señor, puede usted leerlo mientras come. Quiero decir que es de la casa. Gratis.
Cuando la mujer se retiró, la cajera la miró con los ojos muy abiertos, y preguntó:

-¿Qué significa todo esto, Mable?

Mable me miró de reojo con cierta incomodidad.

-Nunca se puede decir… no podemos asegurar quién es ese hombre. En estos días será mejor mostrar más cortesía.

Mientras comí estuve leyendo y hubo una noticia que me llamó sumamente la atención. Un hombre maduro había calentado unos centavos en una sartén puesta al fuego y luego se los había arrojado a unos cuantos niños que estaban jugando frente a Halloween, y naturalmente se había producido graves quemaduras en las manos. El hombre había sido multado con veinte miserables dólares.
Inmediatamente anoté su nombre y dirección en mi libreta.

El doctor Briller terminó su examen.

-Ya puede usted vestirse, señor Turner.

Recogí mi camisa de encima de una silla y comenté:

-Supongo que no habrá salido ninguna nueva droga milagrosa desde la última vez que estuve aquí, ¿verdad?

El doctor se echó a reír con toda naturalidad, y contestó:

-No, me temo que por ahora no.

Luego contempló en silencio cómo me abotonaba la camisa, y añadió:

-Y a propósito, ¿ha decidido usted lo que va hacer con el tiempo que le queda?

Yo ya lo había pensado, pero creí conveniente responder:

-No, todavía no.

El médico pareció asombrarse profundamente y replicó:

-Ya debía haberlo hecho. Sólo le quedan tres meses. Y, por favor, hágamelo saber cuando lo decida.

Mientras terminaba de vestirme el doctor se sentó ante su mesa de despacho y lanzó una ojeada al periódico que descansaba sobre ella.

-El asesino parece estar muy ocupado estos días, ¿eh? Luego volvió la página y añadió:

-Pero lo curioso del caso, lo sorprendente de todo cuanto está ocurriendo en estos crímenes es la reacción pública ante los mismos. ¿Ha leído usted las Cartas del Pueblo que se han publicado recientemente?

-No.

-Estos asesinatos parece que encuentran apoyo casi universal. Parece que hay mucha gente que los aprueba. Algunas de las personas que escriben esas cartas dan la impresión de que estarían dispuestas a suministrar al asesino unas cuantas víctimas más, si eso pudiese ser.

Pensé en que tendría que comprar un periódico.

-Y no solamente eso - añadió el doctor Briller-, sino que en toda la ciudad ha estallado una verdadera ola de cortesía.
Me puse el abrigo y pregunté:

-¿He de volver dentro de dos semanas?

El doctor dejó el periódico a un lado y respondió:

-Sí. Y trate de considerar su caso en la forma más alegre posible. Piense que todos hemos de seguír el mismo camino, antes o después.

Pero ya tenía la impresión de que para el doctor Briller siempre habría un “después” mejor que un “antes”, en el futuro.

Mi cita con el doctor Briller se había celebrado por la tarde y eran casi las diez de la noche cuando dejé el autobús, y emprendí el corto paseo hasta mi apartamento.

Cuando me aproximaba a la última esquina oí un disparo. Entré en la calle Milding Lane y encontré a un  hombrecillo que sostenía un revólver en la mano junto a un cuerpo caído sobre la acera y que, a juzgar por su aspecto, no era más que un cadáver ya.

Miré al muerto y murmuré, asombrado: -¡Cielo santo! ¡Un policía!

El hombrecillo asintió con un movimiento de cabeza.

-Sí - dijo -. Lo que acabo de hacer parecerá un poco extremado, pero verá usted…, este agente estaba empleando un lenguaje totalmente innecesario…

-¡Ah! - exclamé.

El hombrecillo volvió a asentir con otro movimiento de cabeza y añadió:

-Tenía mi coche aparcado frente a esta bomba de incendios. Le aseguro a usted que inadvertidamente.
Y este policía me estaba esperando cuando regresé a mi coche. También descubrió que me había olvidado en casa el permiso de conducir. Yo no hubiese actuado como lo hice si el hombre se hubiese limitado a extenderme una multa, pues yo era culpable y lo admito, señor, pero no se contentó con eso. Hizo embarazosas observaciones acerca de mi inteligencia, de mi vista y sobre la posibilidad de que yo hubiera robado este coche, y finalmente puso en duda la legitimidad de mi nacimiento…

El hombrecillo parpadeó nerviosamente ante el recuerdo de esta última observación y añadió casi en voz baja:

-Y mi madre era un ángel, señor, un verdadero ángel…

Recordé inmediatamente una vez que también yo había sido detenido cuando había cruzado, inadvertidamente, un paso prohibido para peatones en una calle. Yo hubiese aceptado gustosamente la reprimenda de costumbre e incluso una multa, pero el agente insistió en pronunciar una auténtica conferencia ante un numeroso grupo de personas que se habían reunido a nuestro alrededor, y que sonreían divertidas. Fue de lo más humillante.

El hombrecillo miró a la pistola que sostenía en la mano, y dijo:

-Compré hoy mismo esto, y realmente intentaba emplearla con el superintendente de la casa donde vivo. Es un fanfarrón.

Yo comenté, asintiendo con un movimiento de cabeza:

-Insolentes individuos.

El hombrecillo suspiró hondo.

-Pero ahora supongo que tendré que entregarme a la policía, ¿no le parece?

Lo pensé un poco y el hombrecillo me miró fijamente.

Luego el hombrecillo aclaró la garganta, y añadió:

-¿No le parece a usted que debería dejar una nota sobre ese cadáver? Verá usted, estuve leyendo en el periódico acerca de…

Inmediatamente le presté mi libreta de notas.

El hombrecillo escribió unas cuantas líneas, firmó con sus iniciales, y depositó la hoja de papel entre los botones de la guerrera del agente muerto.

Luego me devolvió la libreta, diciendo:

-Tengo que recordar comprar una como ésta. Acto seguido abrió la portezuela de su coche y preguntó:

-¿Quiere que le deje en algún sitio?

-No, gracias. Hace una buena noche y prefiero pasear.

“Agradable individuo”, pensé, cuando el coche se alejó.

Era una lástima que no hubiese muchos como él.



FIN

Si desean escuchar el audio, aquí lo pueden encontrar, ya que soy una persona amable y lo he buscado para ustedes.
Sean amables y no arruinen la vida de otros por capricho :) No les cuesta nada!

domingo, 4 de enero de 2015

Noches blancas (primera noche) - Fiódor Dostoievsky

Revisando mi lista de lecturas antiguas (bueno, en realidad no tengo una lista, factor del cual me arrepiento porque desearía poder repasar algo tan maravilloso como eso), me encontré con esta hermosura de Libor. 'Noches blancas' de Fiódor Dostoyevski. Le guardo un cariño especial y, curiosamente, suelo recordarle cada noche de esas claras en que salgo a pasear, y que lamentablemente ya se ven poco. A veces la vida le acaba a uno y le llena de costumbres misántropas, y entre esas se encuentra el encerrarse progresivamente. Como iba diciendo, este es un libro que aprecio especialmente porque uno de los pocos caballeros que he conocido en la vida fue quien me recomendó esa lectura, y una tarde hermosa, mientras yo observaba las hojas de los árboles caer, en una tarde de viento fuerte, él me leía la tercera noche, con la voz más encantadora que haya escuchado. 

Este libro se compone de cuatro noches. Es una novela corta, de tipo sentimental. Me gustaría en esta ocasión compartir la primera noche con ustedes. A pesar de que se le llame 'sentimental', cae efectivamente en mi Lírica Bizarra, porque, carajo... creo que más de uno puede identificarse con algo como esto. Veamos si quieren hacer el intento. Suerte con ello. Me agrada escribirles.

Era una noche maravillosa, una de esas noches, amable lector, que quizá sólo existen en nuestros años mozos. El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que mirándolo no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como éste pueda vivir tanta gente atrabiliaria y caprichosa? Ésta, amable lector, es también una pregunta de los años mozos, muy de los años mozos, pero Dios quiera que te la hagas a menudo. Hablando de gente atrabiliaria y por varios motivos caprichosa, debo recordar mi buena conducta durante todo ese día. Ya desde la mañana me atormentaba una extraña melancolía. Me pareció de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo que todos me rehuían. Claro que tienes derecho a preguntar: ¿y quiénes son esos «todos»? Porque hace ya ocho años que vivo en Petersburgo y no he podido trabar conocimiento con nadie. ¿Pero qué falta me hace conocer a gente alguna? Porque aun sin ella, a mí todo Petersburgo me es conocido. He aquí por qué me pareció que todos me abandonaban cuando Petersburgo entero se levantó y salió acto seguido para el campo. Fue horrible quedarme solo. Durante tres días enteros recorrí la ciudad dominado por una profunda angustia, sin darme clara cuenta de lo que me pasaba. Fui a la perspectiva Nevski, fui a los jardines, me paseé por los muelles; pues bien, no vi ni una sola de las personas que solía encontrar durante el año en tal o cual lugar, a esta o aquella hora. Esas personas, por supuesto, no me conocen a mí, pero yo sí las conozco a ellas. Las conozco a fondo, casi me he aprendido de memoria sus fisonomías, me alegro cuando las veo alegres y me entristezco cuando las veo tristes. Estuve a punto de trabar amistad con un anciano a quien encontraba todos los días a la misma hora en la Fontanka. ¡Qué rostro tan impresionante, tan pensativo, el suyo! Caminaba murmurando continuamente y accionando con la mano izquierda, mientras que en la derecha blandía un bastón nudoso con puño de oro. Él también se percató de mí y me miraba con vivo interés. Estoy seguro de que se ponía triste si por ventura yo no pasaba a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. He ahí por qué algunas veces estuvimos a punto de saludarnos, sobre todo cuando estábamos de buen humor. No hace mucho, cuando nos encontramos al cabo de tres días de no vernos, casi nos llevamos la mano al sombrero, pero afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, bajamos el brazo y pasamos uno junto a otro con un gesto de simpatía. También las casas me son conocidas. Cuando voy por la calle parece que cada una de ellas me sale al encuentro, me mira con.todas sus ventanas y casi me dice: «¡Hola! ¿Qué tal? Yo, gracias a Dios, voy bien, y en mayo me añaden un piso. » O bien: «¿ Cómo va esa salud? A mí mañana me ponen en reparaciones.» O bien: «Estuve a punto de arder y me llevé un buen susto.» Y así por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas. Una de ellas tiene la intención de ponerse en tratamiento este verano con un arquitecto. Iré de propósito a verla todos los días para que no la curen al buen tuntún. ¡Dios la proteja! Nunca olvidaré lo que me pasó con una casita preciosa pintada de rosa claro. Era una casita adorable, de piedra, y me miraba de un modo tan afable y observaba con tanto orgullo a sus desgarbadas vecinas que mi corazón se henchía de gozo cuando pasaba ante ella. Pero de repente, la semana pasada, cuando bajaba por la calle y eché una mirada a mi amiga, oí un grito de dolor: «¡Me van a pintar de amarillo!» ¡Malvados, bárbaros! No han  perdonado nada, ni siquiera las columnas o las cornisas; y mi amiga se ha puesto amarilla como un canario. A mí casi me dio un ataque de ictericia con ese motivo. Y ésta es la hora en que no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desecrada, teñida del color nacional del Imperio Celeste.
No pude evitar evocar La casa amarilla de Van Gogh.
Así, pues, lector, ya ves de qué manera conozco todo Petersburgo. Ya he dicho que durante tres días enteros me tuvo atormentado la inquietud hasta que por fin averigüé su causa. En la calle no me sentía bien -éste ya no está aquí, ni este otro; y ¿adónde habrá ido aquel otro?-, ni tampoco en casa. Durante dos noches seguidas hice un esfuerzo: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿Por qué me es tan molesto permanecer en él? Miraba perplejo las paredes verdes y mugrientas, el techo cubierto de telarañas que con gran éxito cultivaba Matryona; volvía a examinar todo mi mobiliario, a inspeccionar cada silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que una sola de mis sillas no esté en el mismo sitio que ayer para que ya no me sienta bien), miré por la ventana, y todo en vano..., no hallé alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por lo de las telarañas y, en general, por la falta de limpieza, pero ella se limitó a mirarme con asombro y me volvió la espalda sin decir palabra; así, pues, las telarañas siguen todavía felizmente en su sitio. Por fin esta mañana logre averiguar de qué se trataba. Pues nada, que todo el mundo estaba saliendo de estampía para el campo. Pido perdón por la frase vulgar, pero es que ahora no estoy para expresarme en estilo elevado... Porque, así como suena, todo lo que encierra Petersburgo se iba a pie o en vehículo al campo. Todo caballero de digno y próspero aspecto que tomaba un coche de alquiler se convertía al punto en mis ojos en un honrado padre de familia que, después de las consabidas labores de su cargo, se dirigía desembarazado de equipaje al seno de su familia en una casa de campo. Cada transeúnte tomaba ahora un aire singular, como si quisiera decir a sus congéneres: «Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso. Dentro de un par de horas nos vamos al campo.» Se abría una ventana, se oía primero el teclear de unos dedos finos y blancos como el azúcar, y asomaba la cabeza de una muchacha bonita que llamaba al vendedor ambulante de flores; al punto me figuraba yo que estas flores se compraban, no para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una habitación ciudadana, sino porque todos se iban pronto al campo y querían llevarse las flores consigo. Pero hay más, y es que había adquirido ya tal destreza en este nuevo e insólito género de descubrimientos que podía, sin equivocarme, guiado sólo por el aspecto físico, determinar en qué tipo de casa de campo vivía cada cual. 
¿Se nota el perfecto realismo? Y es un realismo que hace la lectura más apacible y deliciosa. Es una pluma perfecta. El paisaje se evoca nítidamente a la imaginación del lector.
Los que las tenían en las islas Kamenny y Aptekarski o en el camino de Peterhof, se distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, por su atildada indumentaria veraniega y por los soberbios carruajes en que venían a la ciudad. Los que las tenían en Pargolov, o aún más lejos, impresionaban desde el primer momento por su prestancia y prudencia. Los de la isla Krestovski destacaban por su continente invariablemente alegre. Sucedía que tropezaba a veces con una larga hilera de carreteros que con las riendas en la mano caminaban perezosamente junto a sus carromatos, cargados de verdaderas montañas de muebles de toda laya; mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otros enseres domésticos; y encima de todo ello, en la cumbre misma de la montaña, iba a menudo sentada una macilenta cocinera, protectora de la hacienda de sus señores como si fuera oro en paño. O veía pasar, cargadas hasta los topes de utensilios domésticos, barcas que se deslizaban por el Neva o la Fontanka hasta a río Chorny o las islas. Los carros y las barcas se multiplicaban por diez o por ciento a mis ojos. Parecía que todo se levantaba y se iba, que todo se trasladaba al campo en caravanas enteras, que Petersburgo amenazaba con quedarse desierto -y llegué al punto de tener vergüenza, de sentirme ofendido y triste. Yo no tenía adónde ir, ni por qué ir al campo, pero estaba dispuesto a irme con cualquier carromato, con cualquier caballero de aspecto respetable que alquilara un coche de punto. Nadie, sin embargo, absolutamente nadie me invitaba. Era como si se hubieran olvidado de mí, como si efectivamente fuera un extraño para todos.
Empieza a llegar el tinte psicológico, tan común en la escritura de Dostoievsky. El mundo interno del ser humano fascinaba al escritor, y era tal su habilidad para transmitirlo y dibujarlo, que es inevitable sentirse identificado, en algún momento, con alguna de sus frases o con la totalidad de cualquiera de sus textos.
Anduve mucho, largo tiempo, hasta que, como me ocurre a menudo, perdí la noción de dónde estaba, y cuando volví en mi acuerdo me hallé a las puertas de la ciudad. De pronto me sentí contento, rebasé el puesto de peaje y me adentré por los sembrados y praderas sin parar mientes en el cansancio, sintiendo sólo con todo mi cuerpo que se me quitaba un peso del alma. Los transeúntes me miraban con tanta afabilidad que se diría que les faltaba poco para saludarme. No sé por qué todos estaban alegres, y todos, sin excepción, iban fumando cigarros. También yo estaba alegre, alegre como hasta entonces nunca lo había estado. Era como si de pronto me encontrase en Italia -tanto me afectaba la naturaleza, a mí, hombre de ciudad, medio enfermo, que casi comenzaba a asfixiarme entre los muros urbanos.

Otra vez Van Gogh. ¿Por qué Campo de trigo con cipreses? Porque a mí me genera alegría y tranquilidad. Y el porotagonista estaba sintiendo alegría, y además estaba en una pradera. ¡Ay! Perdón. A veces siento la necesidad de dar explicaciones.

Hay algo inefablemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a la llegada de la primavera, despliega de pronto toda su pujanza, todas las fuerzas de que el cielo la ha dotado, cuando gallardea, se engalana y se tiñe con los mil matices de las flores. Me recuerda a una de esas muchachas endebles y enfermizas a las que a veces se mira con lástima, a veces con una especie de afecto compasivo, y a veces, sencillamente, no se fija uno en ellas, pero que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, sin que se sepa cómo, se convierten en beldades singulares y prodigiosas. Y uno, asombrado, cautivado, se pregunta sin más: ¿qué impulso ha hecho brillar con tal fuego esos ojos tristes y pensativos?, ¿qué ha hecho volver la sangre a esas mejillas pálidas y sumidas?, ¿qué ha regado de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué palpita ese pecho?, ¿qué ha traído de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre muchacha?, ¿qué la ha hecho iluminarse con tal sonrisa, animarse con esa risa cegadora y chispeante? Mira uno en torno suyo buscando a alguien, sospechando algo. Pero pasa ese momento y quizás al día siguiente encuentra uno la misma mirada vaga y pensativa de antes, el mismo rostro pálido, la misma humildad y timidez en los movimientos; y más aún: remordimiento, rastros de cierta torva melancolía y aun irritación ante el momentáneo enardecimiento. Y le apena a uno que esa instantánea belleza se haya marchitado de manera tan rápida e irrevocable, que haya brillado tan engañosa e ineficazmente ante uno; le apena el que ni siquiera hubiese tiempo bastante para enamorarse de ella...

Mi noche, sin embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó: Regresé a la ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Mi camino me llevaba por el muelle del canal, en el que a esa hora no encontré alma viviente, aunque verdad es que vivo en uno de los barrios más apartados de la ciudad. Iba cantando porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como cualquier hombre feliz que carece de amigos o de buenos conocidos y que, cuando llega un momento alegre, no tiene con quien compartir su alegría. De repente me sucedió la aventura más inesperada.
Ciudad de noche- Jorge Lázaro Pérez Prada

A unos pasos de mí, de codos en la barandilla del muelle, estaba una mujer que parecía observar con gran atención el agua turbia del canal. Vestía un chal negro muy coqueto y llevaba un bonito sombrero amarillo. «Es, sin duda, joven y morena», pensé. Por lo visto no había oído mis pasos y ni siquiera se movió cuando, conteniendo el aliento y con el corazón a galope, pasé junto a ella.

«Es extraño -me dije-, algo la tiene muy abstraída.» De pronto me quedé clavado en el sitio. Creí haber oído un sollozo ahogado. Sí, no me había equivocado, porque momentos después oí otros sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió el corazón. Soy muy tímido con las mujeres, pero en esta ocasión giré sobre los talones, me acerqué a ella y le hubiera dicho «¡Señorita!» de no saber que esta exclamación ha sido pronunciada ya un millar de veces en novelas rusas que versan sobre la alta sociedad. Eso fue lo único que me contuvo. Pero mientras buscaba otra palabra la muchacha recobró su compostura, miró en torno suyo, bajó los ojos y se deslizó junto a mí a lo largo del muelle. Al momento me puse a seguirla, pero ella, adivinándolo, se apartó del muelle, cruzó la calle y siguió caminando por la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. El corazón me latía como el de un pajarillo que se tiene cogido en la mano. Inopinadamente la casualidad vino en mi ayuda.

Por la acera, no lejos de mi desconocida, apareció de pronto un caballero vestido de frac, impresionante por los años, aunque no lo fuera por su manera de andar. Caminaba haciendo eses y apoyándose con tiento en la pared. La muchacha iba como una flecha, rauda y tímida, como van por lo común las mocitas que no quieren que se las acompañe a casa de noche, y, por supuesto, el caballero tambaleante no hubiera podido alcanzarla si mi suerte no le hubiera sugerido recurrir a una estratagema. Sin decir palabra, el caballero se arrancó de repente y se puso a galopar en persecución de mi desconocida. Ella volaba, pero no obstante el caballero de los trompicones iba alcanzándola, la alcanzó por fin, la muchacha lanzó un grito... y yo doy gracias al destino por el excelente bastón de nudos que mi mano derecha empuñaba en tal ocasión. En un abrir y cerrar de ojos me planté en la acera opuesta, el caballero importuno comprendió al instante de qué se trataba, tomó en consideración el argumento irresistible que yo blandía, calló, se desvió, y sólo cuando se halló bastante lejos protestó contra mí en términos bastante enérgicos, pero sus palabras apenas se percibían desde donde estábamos.
La chica de la mirada triste - Jazlym Nathaly Rentería

-Deme usted la mano -le dije a mi desconocida-. Ese sujeto ya no se atreverá a acercarse. Ella, en silencio, me alargó la mano, que aún temblaba de agitación y espanto. ¡Oh, caballero importuno, cómo te di las gracias en ese momento! La miré fugazmente. Era bonita y morena.

Había acertado. En sus pestañas negras brillaban aún lágrimas de miedo reciente o de tristeza anterior. No sé. Pero a los labios afloraba ya una sonrisa. Ella también me miró de soslayo, se ruborizó ligeramente y bajó los ojos.

-¿Por qué me rechazó usted antes? Si yo hubiera estado allí no habría pasado esto.

-No le conocía. Pensé que también usted...

-¿Pero es que me conoce usted ahora?

-Un poco. Por ejemplo, ¿por qué tiembla usted?

-¡Ah, ha acertado a la primera mirada! -respondí entusiasmado de saberla inteligente, lo que, unido a la belleza, no es humo de pajas-. Sí, a la primera mirada ha adivinado usted qué clase de persona soy. Es verdad, soy tímido con las mujeres. Estoy agitado, no lo niego; ni más ni menos que usted misma lo estaba hace un minuto cuando la asustó ese señor. Ahora el que tiene miedo soy yo. Parece un sueño, pero ni aun en sueños hubiera creído que hablaría con una mujer.

-¿Cómo? ¿Es posible?

-Sí. Si me tiembla la mano es porque hasta ahora no había apretado nunca otra tan pequeña y bonita como la suya. He perdido la costumbre de estar con las mujeres; mejor dicho, nunca la he tenido, soy un solitario. Ni siquiera sé hablar con ellas. Ni ahora tampoco. ¿No le he soltado a usted alguna majadería? Dígamelo con franqueza. Le advierto que no me ofendo.

-No, nada. Todo lo contrario. Y si me pide usted que sea franca le diré que a las mujeres les gusta esa clase de timidez. Y si quiere saber algo más, también a mí me gusta, y no le diré que se vaya hasta que lleguemos a casa.

-Lo que hará usted conmigo -dije jadeante de entusiasmo- es que dejaré de ser tímido y entonces ¡adiós a todos mis métodos!

-¿Métodos? ¿Qué clase de métodos? ¿Y para qué sirven? Eso ya no me suena bien.

-Perdón. No será así. Se me fue la lengua. Pero ¿cómo quiere que en un momento como éste no tenga el deseo...?

-¿De agradar, no es eso?
Leonid Afremov (no tengo el nombre de la pintura)

-Pues sí. Por amor de Dios, sea usted buena. Juzgue de quién soy. Tengo ya veintiséis años y nunca he conocido a nadie. ¿Cómo puedo hablar bien, con facilidad y buen sentido? Mejor irán las cosas cuando todo quede explicado, con claridad y franqueza. No sé callar cuando habla el corazón dentro de mí. Bueno, da lo mismo. ¿Puede usted creer que nunca he hablado con una mujer, nunca jamás? ¿Qué no he conocido a ninguna? Ahora bien, todos los días sueño que por fin voy a encontrar a alguien. ¡Si supiera usted cuántas veces he estado enamorado de esa manera!

-Pero ¿cómo? ¿Con quién?

-Con nadie, con un ideal, con la mujer con que se sueña. En mis sueños compongo novelas enteras. Ah, usted no me conoce. Es verdad que he conocido a dos o tres mujeres; otra cosa sería inconcebible, pero ¿qué mujeres? Una especie de patronas... Pero voy a hacerla reír, voy a decirle que algunas veces he pensado entablar conversación en la calle con alguna mujer de la buena sociedad. Así, sin cumplidos. Claro está que cuando se halle sola. Hablar, por supuesto, con timidez, respeto y apasionamiento; decirle que me muero solo, que no me rechace, que no hallo otro medio de conocer a mujer alguna, insinuarle incluso que es obligación de las mujeres el no rechazar la tímida súplica de un hombre tan infeliz como yo; y que, al fin y al cabo, lo que pido es sólo que me diga con simpatía un par de palabras amistosas, que no me mande a paseo desde el primer instante, que me crea bajo palabra, que escuche lo que le digo, que se ría de mí si le da gusto, que me dé esperanzas, que me diga dos palabras, tan sólo dos palabras, aunque no nos volvamos a ver jamás. Pero usted se ríe... Por lo demás, hablo sólo para hacerla reír...

-No se enfade. Me río porque es usted su propio enemigo. Si probara usted, quizá lograra todo eso aun en la calle misma. Cuanto más sencillo, mejor. No hay mujer buena, a menos que sea tonta o esté enfadada en ese momento por cualquier motivo, que pensara despedirle a usted sin esas dos palabras que implora con tanta timidez. Por otro lado, ¿quién soy yo para hablar? Lo más probable es que le tuviera a usted por loco. Juzgo por mí misma. ¡Bien sé yo cómo viven las gentes en el mundo!

-Se lo agradezco -exclamé-. ¡No sabe usted lo que acaba de hacer por mí!

-Bien. Ahora dígame cómo conoció usted que soy de las mujeres con quienes... bueno, a quienes usted considera dignas de... atención y amistad. En otras palabras, no una patrona, como decía usted. ¿Por qué decidió acercarse a mí?

-¿Por qué? ¿Por qué? Pues porque estaba usted sola, porque ese caballero era demasiado atrevido y porque es de noche. No dirá usted que no es obligación...
-No, no, antes de eso. Allí, al otro lado de la calle. Usted quería acercárseme, ¿verdad?

-¿Allí, al otro lado? De veras que no sé qué decir. Temo que... Hoy, sabe usted, me he sentido feliz. He estado andando y cantando. Salí a las afueras. Nunca hasta ahora he tenido momentos tan felices. Usted... me parecía quizá... Bueno, perdone que se lo recuerde: me parecía que lloraba usted y me era intolerable oírlo. Se me oprimía el corazón. ¡Ay, Dios mío! ¿Cree usted que podía oírla sin afligirme? ¿Es que fue pecado sentir compasión fraternal por usted? Perdone que diga compasión... En suma, ¿acaso podía ofenderla cuando se me ocurrió acercarme a usted?

-Bueno, basta; no diga más -repuso la joven, bajando los ojos y apretándome la mano-. Yo misma tengo la culpa por haber hablado de eso. Pero estoy contenta de no haberme equivocado con usted. Bueno, ya hemos llegado. Tengo que meterme por esta callejuela. Son dos pasos nada más. Adiós, le agradezco...

-¿Pero es de veras posible que no volvamos a ver nos? ¿Es posible que las cosas queden así?

-Mire -dijo riendo la muchacha-. Al principio sólo quería usted dos palabras, y ahora... Pero, en fin, no le prometo nada. Puede que nos encontremos.

-Mañana vengo aquí -dije-. Ah, perdone, ya estoy exigiendo... -Sí, es usted impaciente. Exige casi...

-Escuche -la interrumpí-. Perdone que se lo diga otra vez, pero no puedo dejar de venir aquí mañana. Soy un soñador. Hay en mí tan poca vida real, los momentos como éste, como el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos en mis sueños. Voy a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año. Mañana vendré aquí sin falta, aquí mismo, a este mismo sitio, a esta misma hora, y seré feliz recordando el día de hoy. Este sitio ya me es querido. Tengo otros dos o tres sitios como éste en Petersburgo. Una vez hasta lloré recordando algo, igual que usted. Quién sabe, quizá usted también hace diez minutos lloraba recordando alguna cosa. Pero perdón, estoy desbarrando de nuevo. Puede que usted, alguna vez, fuera especialmente feliz en este lugar.
...Exploró y supo captar la profundidad del alma humana, haciendo aflorar las emociones y sentimientos tanto en los tiempos oscuros como en los felices. Y aunque su obra se inspiró en lo que vio en Rusia o en sus experiencias personales, los sentimientos que recoge resonaron como parte de las luchas internas universales en las que se enfrentan los lectores de todas partes del mundo. (Disponible en: http://rusopedia.rt.com/personalidades/personalidades_de_cultura/issue_99.html>
-Bueno -dijo la muchacha-. Quizá yo también venga aquí mañana. A las diez también. Veo que ya no puedo impedirle... pero, mire, es que necesito venir aquí. No piense usted que le doy una cita.

Le aseguro que tengo que estar aquí por asuntos míos. Ahora bien, se lo digo sin titubeos: no me importaría que también viniera usted. En primer lugar porque pudieran ocurrir incidentes desagradables como el de hoy; pero dejemos eso... En suma, sencillamente me gustaría verle... para decirle dos palabras. Ahora, vamos a ver, ¿no me condena usted? ¿No piensa que le estoy dando una cita sin más ni más? No se la daría si... ; pero, bueno, eso es un secreto mío. Antes de todo una condición.

-¡Una condición! Hable, dígalo todo de antemano. Estoy de acuerdo con todo, dispuesto a todo- exclamé exaltado-. Respondo de mí, seré atento, respetuoso... Usted me conoce.

-Precisamente porque le conozco le invito para mañana -dijo la joven riendo-. Le conozco muy bien. Pero, mire, venga con una condición: en primer lugar (sea usted bueno y haga lo que le pido; ya ve que hablo con franqueza) no se enamore de mí. Eso no puede ser, se lo aseguro. Estoy dispuesta a ser amiga suya. Aquí tiene mi mano. Pero lo de enamorarse no puede -ser. Se lo ruego.
-Le juro -grité yo, cogiéndole la mano...

-Basta, no jure, porque es usted capaz de estallar como la pólvora. No piense mal de mí porque le hablo así. Si usted supiera... Yo tampoco tengo a nadie con quien poder cambiar una palabra o a quien pedir consejo. Claro que la calle no es sitio indicado para encontrar consejeros. Usted es la excepción. Le conozco a usted como si fuésemos amigos desde hace veinte años. ¿De veras que no cambiará usted?

-Usted lo verá. Lo que no sé, sin embargo, es cómo voy a sobrevivir las próximas veinticuatro horas.

-Duerma usted a pierna suelta. Buenas noches. Recuerde que ya he confiado en usted. Hace un momento lanzó usted una exclamación tan hermosa que justifica cualquier, sentimiento, incluso el de simpatía fraternal. ¿Sabe? Lo dijo usted de un modo tan bello que al instante pensé que podía fiarme de usted.
-¿Pero en qué asunto? ¿Para qué?

-Hasta mañana. Mientras tanto hay que guardar secreto. Tanto mejor para usted, porque a cierta distancia parece una novela. Quizá mañana se lo diga, o quizá no. Ya hablaremos, nos conoceremos mejor...

-Yo mañana le voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si me ocurriera un milagro. ¿Dónde estoy, Dios mío? ¿No está usted contenta de no haberse enfadado conmigo, como lo hubiera hecho otra mujer? ¿De no haberme rechazado desde el primer momento? En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo, quizá ha resuelto mis dudas... Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya le contaré todo mañana, ya se enterará usted de todo.

-Bueno, acepto. Usted empezará.

-De acuerdo.

-Hasta la vista.

-Hasta la vista.


Nos separamos. Pasé la noche andando, sin decidirme a volver a casa. ¡Me sentía tan feliz! ¡Hasta mañana!

Eugeny Lusphin - Creúsculo de invierno

viernes, 10 de octubre de 2014

Beatriz - La polución (Mario Benedetti)

Desde hace aproximadamente un año me hice la promesa de que empezaría a leer literatura latinoamericana. Yo vivo en el rollo de la literatura universal, y mi fuerte es como tal el romanticismo y el realismo, así que pasar a la contemporánea me parece un poco drástico, pero decidí hacerlo como por algo de aquello que llaman 'cultura general'. Ha sido complicado porque, aunque he tenido algunas buenas experiencias literarias, no me he podido dedicar mucho al tema porque vivo muy ocupada, y a veces me descuido incluso a tal punto de dejar de lado mis pasiones. 

El día de hoy quiero compartirles un capítulo breve del último libro de literatura latinoamericana que leí: 'Primavera con una esquina rota', de Mario Benedetti. Fue una experiencia interesante. Lo leía cada vez que tenía tiempo al ir en el transporte público. Hay muchos capítulos para resaltar, la estructura es muy interesante y, como tal, la historia es buena, lo admito. Trata acerca de la historia de un preso político y de las personas importantes de su vida, y cada uno va contando la historia desde su punto de vista. 

Por eso este capítulo se titula 'Beatriz' (los títulos se repiten dependiendo de quién narra), entre paréntesis 'La polución'. Beatriz es la pequeña hija de Santiago, el protagonista. Cuenta con aproximadamente ocho años, y en los capítulos del libro se describe su graciosa y particular manera de pensar.
Espero les agrade y, si es el caso, se animen a leer el libro. Disculpen la larga introducción, me estaba desahogando ;)


Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se ríó y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción.
O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este liquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica.
Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrarle el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

Les dejo una narración muy bonita del cuento, para finalizar.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Palomas Blancas y Garzas Morenas - Rubén Darío

En la presente ocasión vengo con un cuento que resultó de una lectura de hace bastantes años ya, aproximadamente 7 u 8, en mis años de adolescencia. Repasando a Rubén Darío en su obra 'Azul', me maravillé con la extrema suntuosidad de esta prosa, volviéndola a retomar el día de hoy e inmediatamente queriéndola compartir con ustedes, resaltando un poco la labor de Latinoamérica en la literatura universal. Pidiendo a ustedes tengan más en cuenta el tipo de narración y el uso cuidadoso de cada palabra, para mostrarles en esta ocasión nuevamente la poesía puntada en la prosa. ¡Disfruten!
Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes agrandes flores, y sus cabellos crespos y recogidos como una vieja marquesa de Boucher!

Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que ella; y comprendía -lo recuerdo muy bien- lo que ella recitaba de memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba delante del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de las sencillas personas mayores de la familia, que reían con risa de miel, alabando el talento de la actrizuela.

Inés crecía. Yo también, pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del bachillerato, a comer los platos clásicos de los estudiantes, a no ver el mundo -¡mi mundo e mozo!- y mi casa, mi abuela, mi prima, mi gato, -un excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas y me llenaba los trajes negros de pelos blancos.

Partí.

Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz tomó timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo comprendiese el binomio de Newton, pensé, -todavía vaga y misteriosamente,- en mi prima Inés.

Las facetas de sí mismo que Darío delinea en sus textos literarios son múltiples, y evolucionan con el tiempo. Una de las más persistentes es justamente la del poeta joven, inocente, enamoradizo y vulnerable que inscribe en “Palomas blancas.” En una primera lectura, esta imagen puede quedar opacada tras el brillo de la retórica preciosista, pero leído en detalle se observa que el cuento proyecta la semblanza sensible y sensitiva de sí mismo que Darío mantenía encerrada en su interior, aunque la haya representado metafóricamente en este cuentito, así como en ciertos versos de “Yo soy aquél…” (“En mi jardín se vio una estatua bella, / . . . / una alma joven habitaba en ella, / sentimental, sensible, sensitiva”; 836), y hasta en un poema tan alejado de lo cotidiano como lo es la “Sonatina.” (SALGADO, María. Literatura y sinceridad en las semblanzas de Rubén Darío, disponible en: <http://magazinemodernista.com/2010/02/15/literatura-y-sinceridad-en-las-semblanzas-de-ruben-dario/>)

Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que los besos eran un placer exquisito.
Tiempo.

Leí Pablo y Virginia. Llegó un fin de año escolar, y salí, en vacaciones, rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!

Mi prima, -pero, ¡Dios santo, en tan poco tiempo!- se había hecho una mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía sonreírle con una sonrisa simple.

Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y luminosa al sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una creación murillesca, si veía de frente. A veces, contemplando su perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El traje, corto antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto y supremo; la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables; la boca llena de fragancia de vida y de color de púrpura. ¡Sana y virginal primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme, me tendió la mano. Después, no me atreví a invitarla a los juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué!, ella debía sentir algo de lo que yo. ¡Yo amaba a mi prima!

Hermosa y delicada muestra de la poesía inmiscuida y del preciosismo desde el fondo de esta muestra de posmodernismo desde Rubén Darío. Resaltando en esta muestra más el fondo que la forma misma en un escenario que no deja de ser lo suficientemente ilustrativo.
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.

Mi dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando cantaban los campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.

Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufrú de las polleras antiguas de mi abuela, y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para mí siempre revelador.

¡Oh, Eros!

-Inés...

¿...?
¡Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, una bella luna de aquellas del país de Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras, ya rápidas, ya contenidas, febril, temeroso. ¡Sí! se lo dije todo: las agitaciones sordas y extrañas que en mi experimentaba cerca de ellas, el amor, el ansia; los tristes insomnios del deseo; mis ideas fijas en ella, allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran palabra: ¡el amor! ¡Oh!, ella debía recibir gozosa mi adoración. Creceríamos más. Seríamos marido y mujer...
Darío afirma: “En Palomas blancas y garzas morenas el tema es autobiográfico, y el escenario, la tierra centroamericana en que me tocó nacer. Todo en él es verdadero, aunque tocado de emoción juvenil. Es un eco fiel de mi adolescencia amorosa, del despertar de mis sentidos y de mi espíritu ante el enigma de la palpitación universal” (Autobiografías 161).

Esperé.

La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba perfumes tibios que a mí se me imaginaban propios para los fogosos amores. Cabellos áureos, ojos paradisíaco, labios encendidos y entreabiertos!
De repente, y con un mohín:

-¡Ve! la tontería...

Y corrió, como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela, rezando a la callada sus rosarios y responsorios.

Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:

-¡Eh, abuelita! me dijo...

¡Ellas, pues, ya sabían que yo debía «decir!»

Con su reír interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa acariciando las cuentas de su camándula. Y yo que todo lo veía, a la husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, ¡las primeras de mis desengaños de hombre!

Los cambios fisiológicos que en mí se sucedían, y las agitaciones de mi espíritu me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la cabeza, de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed de amor. ¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una celeste mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo del enigma atrayente?

Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín, regando trigo, entre los arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas, arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba un traje -siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo,- gris azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados brazos alabastrinos, los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa. Las aves andaban a su alrededor currucuqueando, e imprimían en el suelo oscuro la estrella acarminada de sus patas.

Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima gentil! Me vio trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y rara, y acariciante, y se puso a reír cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh!, aquello no era posible. Me lancé con rapidez frente a ella. Audaz, formidable debía de estar, cuando ella retrocedió como asustada, un paso.

-¡Te amo!

Entonces tornó a reír. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma femenil. Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas. No dije más. La tomé la cabeza y la di un beso en una mejilla, un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella un tanto enojada, salió en fuga. Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un opaco ruido de alas sobre los arbustos temblorosos. Yo abrumado, quedé inmóvil.

Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había, ¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.

Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la graciosa, la alegre, ella fue el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, que murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras!
Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores.

Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo muelle, debajo del cual el agua glauca y oscura chapoteaba musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y desfallecientes los últimos rayos solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y nuestros ojos se decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nuestras almas cantaban un unísono embriagador como dos invisible y divinas filomelas.

Yo extasiado veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa, su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal, y oía su voz queda, muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que solo eran para mí, temerosa quizás de que se las llevase el viento vespertino. Fija en mí, me inundaban de felicidad sus ojos de minerva, ojos verdes, ojos que deben siempre gustar a los poetas. Luego, erraban nuestras miradas por el lago, todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla, se detuvo un gran grupo de garzas morenas de esas que cuando el día caliente, llegan a las riberas a espantar a los cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas! algunas ocultaban los largos cuellos en la onda o bajo el ala, y semejaban grandes manchas de flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba con el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural o hieráticamente, o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las bandadas de grullas de un parasol chino.

Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la paloma y la voluptuosidad del cisne, garridas con sus cuellos reales, parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños nupciales, todas, -bien dice un poeta,- como cinceladas en jaspe.

¡Ah, pero las otras, tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa, gallarda y gentil.

Ya el sol desaparecía arrastrando toda su púrpura opulenta del rey oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados místicamente uno a otro.
De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento inexplicable, nos besamos en la boca, todos trémulos, con un beso para mí sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh, Salomón, bíblico y real poeta! tú lo dijiste como nadie: Mel et lac sub lingua tua!

Posada, Diego. El descenso de las garzas.

Aquel día no soñamos más.

¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los recuerdos profundos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.

Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas, en el inefable primer instante del amor!

viernes, 31 de enero de 2014

Castigo Eterno - 2006

Hace unos días estuve ojeando mi producción literaria en general. No pensaba que hubiese escrito tanto, y me enorgullece, aunque me entristece haber perdido tantos textos y haber tirado tantos otros (y no explicaré las razones por las que decidí hacerlo en aquel tiempo). Simplemente, se me ocurrió la idea de hacerles unas mínimas correcciones de estilo a los textos más sobresalientes para compartirlos con ustedes, tarea que iré trabajando tanto aquí en La telaraña como en Lírica Bizarra, pues representan partes importantes de mi vida que, a su vez, pueden ser útiles para ustedes, o al menos medianamente interesantes.
El día de hoy compartiré mi primer texto. Es cosa bastante importante para un escritor recordar el primer escrito consumado, y esas extrañas alimañas que invadieron mi estómago cuando llegó ese primer y tan anhelado 'fin'. Bueno, para ubicarles en el tiempo y el espacio, para ese tiempo contaba yo con 16 años; adolescente inconforme y descubriendo apenas sus problemas con la depresión y con la misma sociedad, puesto que no deseaba absolutamente nada más que alejarme del asco y la tristeza que todos me producían. He aquí una dedicatoria a ellos, a lo que sentía yo por los demás. Anímense a darle un vistazo y luego continuaremos con la evolución... Muchas gracias (de mi pasado-yo y de mi yo-actual) y espero que les guste. Se titula 'Castigo Eterno'.

Es esta la primera vez que he deseado hablar sinceramente de mi existencia. Es la primera vez que siento una horrible compasión por aquellos seres humanos que se habitúan al yugo mundano y, como ratas, se alimentan de la basura que tienen a su alcance… se deleitan únicamente con la porquería que este les ofrece. Muchas personas evitan nombrar la muerte queriendo eliminarla de su realidad, sabiendo que, en el momento más indicado, ella será guiada por el patetismo que proyecta el hombre común y se saboreará de la ridiculez que se engendra dentro de sus almas. A medida que pasa el tiempo, hay más almas involucradas en aquel mortuorio festín; cada vez hay más almas reunidas en torno al castigo eterno.

Lo que yo piense, para ustedes poco o nada significará, pues ya no hablo desde una vida verdadera, hablo sabiendo que la podredumbre de mi alma me inundará hasta que encuentre alguna salida. Para mí, esto es un amargo recuerdo, un único recuerdo, es mi vida, es la única vida que tuve. Es un anhelo de vida y un sueño de muerte.

No me molestaré en relatarles mi vida —si se me permite llamarla así—, y si lo hiciese, no hallaría nada memorable en ella. Fue siempre igual, siempre llena de vicios, de lujos innecesarios, de alegrías decepcionantes, de rutinas ambiciosas… todo sin recompensa alguna. Todo lo que me fue otorgado para conseguir mi felicidad el día de mi concepción se echó a perder, me entregué únicamente al placer sin guardar pasión ni conciencia alguna, aún así, pretendiendo tener poder absoluto sobre todas las cosas. Sí, así fue, sobre todas las cosas sin excepción alguna. Nunca guardé cuidado en agregar algún carácter a mis palabras, pues todas iban dirigidas a la consecución de sucios intereses. Había declarado una guerra a la vida y a la muerte, pero sin involucrarlas en mi grotesca megalomanía.

Gustoso les mencionaría mi muerte, pero esta no se ha compadecido de mí aún, y tal vez nunca lo haga. Ya sabido este hecho, me dispongo a relatar el momento en el que mi existencia tuvo por fin un valor. Descubrí un sentido que no quise encontrar, pero era necesario comprenderlo.

Recuerdo haber experimentado un extraño presentimiento, como si alguien me estuviese observando, como si detallara cada uno de mis movimientos; como si, sin esfuerzo alguno, aquel ser se introdujera en mi mente y descubriera el vacío y la indiferencia que reinaban en mis entrañas.

“Los presentimientos son cosa de locos. Una persona como yo sólo se guía por lo que es importante”, decía yo constantemente, considerándome sabio por mi supuesta experiencia y aquella forma de vivir la vida. Mi observador lo sabía perfectamente, y siempre se había burlado de mi falta de sentido común. Ahora yo deseaba mostrarle a aquella invención imaginaria que él era sólo una falsa entelequia de mi conciencia. Me dispuse a dormir, presumiendo que el agotamiento atraía todas aquellas ideas a mi mente, y no podía permitirlo. Como signo de falso convencimiento, y para defender la hipocresía que me había distinguido, me reía nuevamente de la muerte creyendo ser impune a ella. Me incorporé, y mi cuerpo no volvió a ver el mundo jamás.

Un extraño sueño envolvió mi cabeza. En éste se presentaba mi pasado con dolor y desprecio, abrumándome y comprobando lo que sentían las verdaderas almas al toparse con un inepto de mi calaña y, por primera vez, sentí un hondo arrepentimiento. Me enteré de que la vida podía tener fundamento alguno. Entre más recordaba, más incómodo me sentía, y la desdicha me invadía acechando cada rincón, marcándolo con la suciedad recogida a lo largo de mi vida. Era yo el ser más mísero que haya existido, el mundo desperdició mi alma sabiendo que ésta era obra de la mano de Dios, pero finalmente, el mundo no tuvo la culpa, ésta me la atribuyo a mí mismo porque yo era el único que podía decidir por mí… viví como me lo propuse, el mundo hizo su tarea. El cielo y el infierno me han abandonado, y lo merezco.                                                                                                                                                                                    Extrañas figuras se proyectaban indefinidamente de acuerdo a las impresiones que impactaron mi mente. No me fue posible diferenciar la imaginación de la realidad. Nunca nadie sabrá quién fue el artífice de aquel inexplicable delirio; tampoco si fue causa de mis agonías o si realmente sucedió.

No guardo la esperanza de conocer aquello en algún momento, y no debería interesarme, pues, ¿para qué descubrir algo que ya no puedo remediar? Algo perteneciente a mi pasado… no me serviría de nada conocerlo. Admito que la curiosidad es la que me lleva a querer averiguarlo, quisiera ver la situación desde un ángulo diferente, pero estoy sumido en mi ser y de aquí no puedo escapar. Solo intentaré habituar los hechos a mi deplorable rutina, si es que saldré con suerte,  pidiendo que desaparezca de una vez por todas y rogando que aquí se quede. Si desapareciese definitivamente hallaría una calma entera, mis ataduras se destruirían automáticamente, aunque el temor se apodera de mi mente y mi alma se ve obligada a aceptar que el día en el que mi rutina llegue a su fin, mi vida estará forzada a esfumarse. De ahí ese ridículo miedo a la muerte, y por más patético que sea no podré liberarme de éste, prefería vivir eternamente a pensar en la idea de que la muerte tuviera que venir por mí algún día.

Un horrible alarido surgió de mi interior y fue disminuyendo a medida que los segundos envolvían mi ser y me condenaban a pasar por una eternidad en cada uno de ellos. Así para mi alma hayan representado tal sinfín, para el mundo constituyeron no más de un minuto, minuto que se convirtió en el más largo de mi vida, que anunciaba ya mi fin y me mostraba sin querer mi cobardía, que me llevó al pasado y me dio un leve recorrido por el futuro, si es que así puedo llamarlo. Y yo mantenía firme la ridícula idea de recuperar mi estado normal para encontrar una salida a aquel extraño infierno y continuar con la inútil existencia a la que estaba acostumbrado.

Mi desesperado grito se acabó luego de luchar contra el temor que me invadía. Ahora sólo era un sollozo que a cualquiera llenaría de angustia. Pero fui perdiendo la voz hasta caer en un profundo sueño, estuve paralizado completamente durante algún tiempo. Al despertar me llenó de esperanza el haber recuperado un poco de sensibilidad corporal, aunque lo que no me agradaba del todo era el sentir que un temblor incontrolable recorría mi persona, y poco tiempo después apreciaba un sudor frío acompañado de dolor, cada vez menos tolerable, aunque casi imperceptible. Sentí como la razón regresaba a mi persona y me decía que no había de qué preocuparse, que aquellos síntomas se debían a mi debilidad, y me consoló la idea de que cesarían cuando recuperara por completo la  normalidad de mis sentidos corporales.

Pude haber muerto allí, pero la idea de esperar la llegada de un espíritu tan oscuro al cual había temido desde tiempos inmemorables en mi existencia, no me complacía enteramente. Hallé fuerzas en el último rincón de mis entrañas para no dejarme vencer por el miedo, y empecé a recuperar un poco de movilidad en mis extremidades.

Iba desentumiendo mi corporeidad lentamente para no agotarme con los esfuerzos infructuosos que me obligaban a movilizarme, y aquel insoportable dolor se hacia cada vez más insistente. Me encontraba en una situación delicada: mi energía liberaba sus últimas reservas y la terrible idea de rendirme ante la muerte se me presentaba con mayor frecuencia.

Este dilema recorría los estrechos senderos de mi conciencia cuando un estruendo infernal me despertó instantáneamente. Fue tan profundo y tan aterrador que rescató a mi cuerpo de la quietud que de él se había apoderado. Finalmente, sin saber cómo, me hallaba de pie, y algunos rayos débiles proyectaban una luz espectral, llevando una esencia aún más aterradora. Era tan impactante que mis sentidos olvidaron de momento el dolor para dedicarse a indagar acerca del ambiente que me rodeaba. ¡Cuánto anhelo devolver el tiempo para no haber pronunciado las palabras que instituyeron mi despiadada condena!

Aquel extraordinario paisaje se moldeaba ante mis ojos como un infinito campo sin desniveles en su terreno, sin límites en toda su grandeza; iluminado por una resplandeciente neblina roja que dificultaba mi escasa respiración. Toda su vasta extensión estaba cubierta por extraños desechos putrefactos, algo realmente horroroso, además de varias siluetas que sobresalían por su oscuridad, pero no logré reconocer lo que en sí eran estas.

En ese instante, el dolor retornó a mi mente y mi reacción fue observarme para distinguir alguna alteración en mi corporeidad y, ¡oh! ¡Que terrible infortunio! ¡Sólo el destino conoce qué desalmado ser me predispuso a la agonía de esta forma! Mi cuerpo se encontraba completamente desollado. A lo que antes había calificado como un simple “sudor frío”, era, desgraciadamente, la sangre recorriéndome de extremo a extremo. El hecho de haber observado mi sombría realidad hizo que mi dolor fuera completamente inaguantable. Mis venas sobresalían cada vez más de la carne que me envolvía; el desgraciado verdugo que se deleitó en el acto de mi tortura dejó algunos hoyuelos mal formados en mi abdomen, unos más notables que otros, dando la impresión de que hubiera extraído alguno de mis órganos, y las partes que de mí había desechado el asesino, junto con los restos de mi antigua piel y la de un incontable número de seres, constituían ahora la basura que adornaba la superficie de aquel perfectísimo infierno.

Todas esas imágenes y sentimientos reunidos paralizaron mi atemorizado corazón, y, aún así, increíblemente, después de tan fatal sufrimiento, conservaba la firme idea de aguardar mi vida por encima de todas las cosas…

¡Ah! ¡Necio pensamiento! Ahora soy testigo de una infinidad de atrocidades al afirmar que el miedo es el asesino de la razón. La ineptitud me hizo presa de un eterno castigo, y ahora me encuentro sufriendo por nunca haber pensado en el verdadero sentido de mis palabras; por haberme resguardado en una supuesta superioridad y no haberme arriesgado a cuestionar los argumentos que acompañaron a mi vida desde la infancia; por la cobardía que me llevó a suplantar mi realidad por una absurda utopía.

No tuve la capacidad de retener aquellas decepcionantes ideas por la fuerza de su colisión con mi entendimiento, entonces recurrí a gritar proclamando frases sin sentido alguno, probablemente por la cantidad de pensamientos que me abrumaban, formando en mi mente una densa atmósfera de culpabilidad y arrepentimiento, que adquirirían un inmenso parecido con la locura. De la maldición de aquellas palabras con un clamor apenas entendible, recuerdo que pronuncié lo siguiente: ¡NO QUIERO MORIR!

Y ahí quedaron consignadas en la historia las palabras que enviaron mi alma directamente a la cruel eternidad en la que ahora perezco, o, peor aún, en la que permanezco en este limbo con esperanzas hacia el fin de mi existencia. En mi vida nunca pude comprobar que las palabras, al ser pronunciadas con tal voluntad, eran dueñas de tanta grandiosidad. Nunca me dispuse a explorarme, mucho menos a cuestionarme.

Estaba completamente aturdido, sentía cómo moría sin caer bajo la muerte, pero siendo dominado por ésta. Intenté avanzar pero mis pies no lo permitían. Mi cuerpo se precipitó, cayendo sobre una enorme daga que atravesó mi pecho. Mi sangre, negra y maldita, se derramaba haciendo que mis venas se aferraran al suelo, al mismísimo suelo del infierno, en el que seguiré deseando infructuosamente conseguir una salida, ya sea la vida o la muerte, alguna que me libere de esta brutal opresión.


Ahora puedo darme cuenta de que mi vida esculpe mi condena como una de sus obras maestras; mi fúnebre y patético paso por el mundo no me enseñó a existir verdaderamente, y en este momento la muerte se encarga de cumplir con esa labor, aunque nunca me lleve decididamente.



FIN - Kátherin Sánchez/ 2006