domingo, 6 de noviembre de 2011

Las amistades peligrosas, Carta LXXXI - Choderlos de Laclos

Hace pocas semanas me permití el placer de leer este libro (escrito a modo epistolar), en el cual estaba interesada desde mi época como estudiante en el colegio, a eso de mis 16 años. Me llamó la atención la referencia que me dieron acerca de éste, de cómo se recorrían ciertos dilemas morales en medio de la delicadeza y el tono literario de Laclos, además de seguir una historia interesante de base. Así, lo encontré en la biblioteca hace poco y no dudé en devorarlo pronto. He extraído unas cuantas cartas (épico! bizarro!), las cuales les iré presentando, esperando que les diviertan o les animen a leer el libro en su totalidad. En particular, la presente carta involucra a los dos protagonistas, o mejor dicho, los dos peligrosos. Son personas con una visión extremadamente grandiosa acerca de sí mismos, suponiéndose superiores a las demás gentes de su tiempo por carecer de principios. Así que en el texto veremos la declaración cruel de la Marquesa de cómo ella se deshizo de sus bases morales y se educó a sí misma en la vida que tiene en el momento. Podemos empezar.


DE LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT

En París, a 20 de septiembre de 17**.

¡Cuánta piedad me inspiran sus temores!¡Cuánto me prueban mi superioridad sobre usted!¡Ay! Mi pobre Valmont,¡cuánta distancia hay todavía aún entre usted y yo! No, ni todo el orgullo de su sexo bastaría para colmar el espacio que nos separa!¡Porque usted no podría llevar a cabo mis planes, los juzga imposibles! Ser orgulloso y débil, ¡pretender calcular mis medios y juzgar mis recursos! Vizconde, en verdad que sus consejos me han puesto de mal humor, y no puedo ocultárselo.

Que, para disimular su increíble torpeza con su presidenta, exhiba ante mí como un triunfo el haber desconcertado por un momento a esa mujer tímida y que le ama, pase; que haya obtenido una mirada, sólo una mirada, lo acepto con una sonrisa. Que, percatándose, muy a su pesar, del poco valor de su proceder, espere distraer mi atención, halagándome con el esfuerzo sublime de acercar a dos niños que arden ambos en deseos de verse, y que, dicho sea de paso, sólo a mí deben el ardor de este deseo; también se lo consiento. Que finalmente se revista de autoridad con estas brillantes hazanas, para decirme con tono doctoral, que «vale más emplear el tiempo en llevar a cabo los planes que en contarlos»; bueno, no me hace daño esta vanidad y se la perdono. Mas, ¡que pudiese usted creer que necesito de su prudencia, que me extraviaría si no me remitiera a sus opiniones, que les debo sacrificar un placer o un capricho! ¡En verdad, vizconde, que esto es enorgullecerse demasiado de la confianza que tengo a bien depositar en usted!

Pues, ¿qué ha hecho que no haya superado yo mil veces? Ha seducido e incluso perdido a muchas mujeres: mas qué dificultades ha tenido que vencer? ¿Qué obstáculos que salvar? ¿Dónde está el mérito verdaderamente suyo? Una buena estampa, puro efecto del azar; unos encantos que casi siempre otorga la experiencia; cierto ingenio, sí, mas que podría suplirse en caso de necesidad con palabrería; una impudicia bastante loable, mas quizá debida sólo a la facilidades de sus primeros éxitos; si no me equivoco, éstos son sus recursos: pues en cuanto a la fama que haya podido usted conseguir, no querrá que conceda mucho valor al arte de provocar o de no dejar pasar la ocasión de un escándalo.

En cuanto a la prudencia, a la astucia, no hablo ya de mí: ¿qué mujer no tendría mas que usted? ¡Oh! Su presidenta le maneja como a un niño.

Créame, vizconde, raramente se adquieren las cualidades de las que se puede prescindir. Puesto que combate sin riesgo, debe actuar sin precaución. En efecto, para ustedes los hombres, las derrotas no son sino éxitos. En esta partida tan desigual, nuestra fortuna es no perder, y su desgracia no ganar. Aunque le concediera los mismos talentos que a nosotras, ¡en cuánto no habríamos de superarle todavía, por la necesidad en la que nos vemos de hacer uso continuo de ellos!

Supongamos, lo admito, que ponga tanta habilidad en vencernos como nosotras en defendernos o en ceder, reconocerá al menos que tras el éxito, le resulta inútil. Ocupada sólo con su nuevo placer, se entrega a é1 sin temor, sin reservas: no es a usted a quien importa que dure.

En efecto, estos lazos dados y recibidos recíprocamente, por hablar la jerga del amor, sólo usted puede estrecharlos o romperlos, a gusto suyo: ¡y se darán por contentas si, en su ligereza, por preferir el secreto al escándalo, se conforma usted con un abandono humillante sin hacer del ídolo de la víspera la víctima de mañana!

Mas, que una mujer desafortunada sea la primera en sentir el peso de sus cadenas, ¿qué riesgos no habrá de correr, si trata de liberarse de ellas, si simplemente osa levantarlas? No es sino temblando como intenta alejar al hombre al que su corazón rechaza con fuerza. Se obstina él en insistir, lo que ella concedía por amor, lo ha de entregar por temor: sus brazos se abren aún mientras que su corazón está cerrado. Su prudencia ha de desatar con habilidad esos mismos lazos que usted habría roto. A merced de su enemigo, carece de recursos si él carece de generosidad; y ¿cómo esperarla de él cuando, si alguna vez se le alaba por tenerla, jamás, sin embargo, se le critica por no tenerla?

Sin duda no me negará estas verdades que la evidencia ha hecho triviales. Si a pesar de todo me ha visto, disponiendo de los acontecimientos y de las opiniones, hacer juguete de mis caprichos o mis fantasías a esos hombres tan temibles; quitarles a unos el deseo de perjudicarme, a otros el poder para ello; si he sabido progresivamente y según mis volubles deseos, engancharlos tras de mí o empujarlos lejos: a estos tiranos destronados convertidos en mis esclavos: si, en medio de estas frecuentes revueltas, mi reputación se ha conservado pura, sin embargo, ¿no debería usted haber concluido que, nacida para vengar a mi sexo y dominar al suyo, he sabido hacerme con unos medios desconocidos hasta mí?

¡Oh! guárdese sus consejos y sus temores para esas mujeres delirantes y que se dicen «sentimentales» cuya exaltada imaginación haría pensar que la naturaleza les ha colocado los sentidos en la cabeza; las cuales, por no haber reflexionado jamás, confunden sin cesar el amor y el amante; en su loca ilusión, creen que sólo aquél con el que han buscado el placer es su depositario; y, verdaderas supersticiosas, tienen por el sacerdote, el respeto y la fe que sólo le son debidos a la divinidad.

Tema si acaso por aquéllas que, mas vanas que prudentes, no saben consentir que las abandonen cuando es necesario. Tiemblo sobre todo por esas mujeres activas en la ociosidad, a las que llama usted sensibles, y cuyo amor se apodera tan fácilmente de toda su existencia; que necesitan pensar en él, aun cuando no gocen con él; y, abandonándose sin reservas a la fermentación de sus ideas, engendran esas cartas ardientes, tan dulces y tan peligrosas de escribir; sin miedo a confiar esas pruebas de su debilidad al objeto que las provoca: ¡insensatas que no saben ver en su actual amante al enemigo futuro!

Mas yo, ¿qué tengo que ver con esas mujeres sin seso? ¿Cuándo me ha visto apartarme de las normas que me he prescrito o faltar a mis principios? Digo mis principios y lo digo deliberadamente: pues no me han sido dados al azar como a las demás mujeres, ni los he aceptado sin examen, ni los he seguido por costumbre; son el fruto de mis profundas reflexiones; los he inventado yo, y puedo decir que son mi propia obra.

Habiendo entrado en el mundo en un tiempo en el que, soltera todavía, estaba destinada por mi estado al silencio y a la inacción, supe aprovecharlo para observar y meditar. Mientras me creían despistada o distraída, si era verdad que escuchaba poco los discursos que se cuidaban de dirigirme, recogía con atención aquellos que trataban de ocultarme. Esta útil curiosidad, además de servirme para aprender, me ensenó también a disimular: obligada con frecuencia a ocultar el objeto de mi atención a las miradas que me rodeaban, traté de dirigir las mías según mi voluntad; desde entonces conseguí adoptar en el momento deseado esa mirada distraída que tan a menudo me ha elogiado usted luego. Animada por este primer éxito, intenté dominar igualmente los distintos gestos de mi semblante. ¿Que tenía algún disgusto? Aplicábame a adoptar un aire de seguridad, incluso de alegría; llevé mi celo hasta el punto de causarme dolores voluntarios, para hacer gala mientras tanto de una expresión de placer. Me esforcé con el mismo cuidado y mayor dificultad en reprimir los signos de la alegría inesperada. Así fue como llegué a tener sobre mi fisionomía ese poder del que a veces le he visto asombrarse tanto.

Era muy joven aún, y casi sin interés: mas sólo poseía mis pensamientos, y me indignaba que pudieran arrebatármelos o sorprendérmelos contra mi voluntad. Provista de estas primeras armas, probé a usarlas: no contenta con no dejarme adivinar, divertíame mostrándome con distintos aspectos; segura de mis gestos, estudiaba mis palabras; ajustaba unos y otros a las circunstancias o incluso a mis fantasías simplemente: desde aquel momento, mi modo de pensar me perteneció sólo a mí, y no mostré sino aquel que me resultase útil dejar traslucir.

Este trabajo sobre mí misma había hecho que me fijara en la expresión de los semblantes y el carácter de las fisionomías; adquirí esa vista penetrante de la que, sin embargo, me ha ensenado la experiencia a no fiarme del todo; mas que, a fin de cuentas, rara vez me ha engañado. Tenía menos de quince años, ya poseía el talento al que gran parte de nuestros políticos deben su reputación, y sólo estaba entonces en los primeros elementos de la ciencia que quería aprender.

Como puede usted imaginar, al igual que todas las jovencitas, trataba de descubrir el amor y sus placeres: mas, al no haber estado jamás en un convento, careciendo de una amiga íntima, y vigilada por una madre atenta, sólo tenía ideas vagas que no podía concretar; ni siquiera la naturaleza, de la que después no he podido sino alabarme, en verdad, dábame ningún indicio. No parece sino que trabajara silenciosamente en perfeccionar su obra. Sólo mi cabeza fermentaba; no se me ocurría la idea de gozar, quería saber; el deseo de aprender me sugirió los medios.

Comprendí que el único hombre con el que podía hablar sobre este tema sin comprometerme, era mi confesor. Me decidí enseguida; vencí mi pequeña vergüenza; y jactándome de una falta que no había cometido, me acusé de haber hecho «lo que hacen las mujeres». Esta fue mi expresión; mas, al hablar así, no sabía realmente qué idea estaba expresando. Mis esperanzas no se vieron frustradas del todo, ni cumplidas enteramente; el temor a descubrirme me impedía aclararme: mas el buen padre me pintó el pecado tan grande, que deduje que el placer debía ser extremo; y al deseo de conocerlo, sucedió el de probarlo. No sé hasta dónde me habría empujado aquel deseo; y quizá entonces, desprovista de experiencia, habríame perdido una sola ocasión: afortunadamente para mí, pocos días después mi madre me anunció que iba a casarme; la certeza de saber apagó al punto mi curiosidad, y llegué virgen a los brazos del señor de Merteuil.

Esperaba con seguridad el momento que había de instruirme y necesité de reflexión para mostrarme turbada y temerosa. Aquella primera noche, de la que tan cruel o tan dulce idea suele una hacerse, no me ofrecía sino la ocasión de una experiencia: dolor y placer, todo lo observé exactamente sin ver en aquellas distintas sensaciones sino hechos que recoger y meditar.

Al poco tiempo llegó a gustarme aquel tipo de estudio: mas, fiel a unos principios, y sintiendo, quizá por instinto, que nadie debía estar mas lejos de mi confianza que mi marido, resolví, precisamente por ser sensible, mostrarme impasible con él. Aquella frialdad aparente fue mas tarde el fundamento inquebrantable de su ciega confianza; le sumé, tras una segunda reflexión, el aire atolondrado al que me autorizaba la edad; y jamás me consideró mas niña que en los momentos en los que jugaba con mayor audacia.

Sin embargo, he de confesar que al principio me dejé arrastrar por el torbellino mundano entregándome por entero a sus fútiles distracciones. Mas, al cabo de algunos meses, habiéndome llevado el señor de Merteuil a su triste campiña, el temor al aburrimiento hizo que me volviera el gusto por el estudio; y, hallándome rodeada sólo por gentes cuya distancia conmigo me ponía a salvo de toda sospecha, aproveché para ampliar mis experimentos. Fue entonces, sobre todo, cuando comprobé que el amor que tanto nos alaban como causa de nuestros placeres, no es sino un pretexto para ellos.

La enfermedad del señor de Merteuil vino a interrumpir tan dulces ocupaciones; hube de seguirle a la ciudad, donde volvió a buscar socorro. Murió, como ya sabe usted, poco tiempo después; y aunque, al fin y al cabo, no tuviese queja de él, no por ello sentí menos intensamente el valor de la libertad que había de darme la viudez, prometiéndome aprovecharla.

Mi madre contaba con que entrase en el convento o volviera a vivir con ella. Rechacé uno y otro partido; y todo cuanto concedí a la decencia, fue volverme a aquella misma campiña en la que aún me quedaban algunas observaciones por hacer. Las fortalecí con ayuda de la lectura; mas no vaya a creer que fue toda del tipo que usted supone. Estudié nuestras costumbres en las novelas; nuestras ideas con los filósofos; busqué incluso lo que los moralistas mas severos exigían de nosotras, y me aseguré así de lo que podíamos hacer, de lo que debíamos pensar y de lo que habíamos de aparentar. Una vez concretados estos tres objetivos, sólo el último presentaba algunas dificultades en su ejecución; esperé vencerlas y medité los medios para ello.

Empezaba a cansarme de mis rústicos placeres, demasiado monótonos para una cabeza activa; sentía una necesidad de coquetear que me reconcilió con el amor; en verdad que no para sentirlo, sino para inspirarlo y fingirlo. En vano me habían dicho y había leído yo que no se podía fingir dicho sentimiento; veía yo, sin embargo, que para conseguirlo bastaba con sumar, al ingenio del escritor, el talento del comediante. Me ejercité en ambos géneros y quizá con cierto éxito: mas, en lugar de perseguir los vanos aplausos del teatro, resolví emplear para mi felicidad lo que tantos sacrificaban a la vanidad.

Transcurrió un año en estas distintas ocupaciones. Al permitirme el luto hacer entonces mi reaparición, volví a la ciudad con mis grandes proyectos; no me esperaba el primer obstáculo que allí me encontré. Aquella larga soledad, aquel austero retiro, me habían cubierto de un barniz puritano que asustaba a los mas agradables de los nuestros: manteníanse apartados, dejándome a la merced de una multitud de tediosos que aspiraban todos a obtener mi mano. No era problema rechazarlos; mas algunos de aquellos rechazos disgustaban a mi familia y con aquellos enredos internos perdía un tiempo que me había prometido emplear mas dulcemente. Para atraer a los unos y alejar a los otros vime pues obligada a hacer gala de algunas inconsecuencias, y a emplear en dañar mi reputación, el cuidado que pensaba poner en conservarla. Lo logré fácilmente como ya se puede usted imaginar. Mas, no sintiéndome arrastrada por ninguna pasión, no hice sino lo que juzgué necesario, y medí con prudencia mi dosis de alocamiento.

En cuanto hube alcanzado el objetivo que quería conseguir, deshice lo andado y dediqué mi enmienda a algunas de esas mujeres, que, al no poder tener pretensiones de gustar, las tienen de mérito y de virtud. Fue una baza que me valió mas de lo que había esperado. Aquellas agradecidas dueñas se erigieron en apologistas mías; y su ciego amor por lo que llamaban su obra, llegó a tal punto, que la mínima observación que alguien se permitiera sobre mí era considerada por la facción puritana como un escándalo y una injuria. Él mismo medio me valió también para obtener e1 sufragio de las mujeres con pretensiones, las cuales, convencidas de que yo renunciaba a correr la misma carrera que ellas, me escogieron como objeto de sus elogios, dado que querían demostrar que no hablaban mal de todo el mundo.

Mientras tanto, mi conducta anterior había vuelto a atraer a los amantes; y, para bandearme entre ellos y mis protectores, me mostré como una mujer sensible pero difícil cuya excesiva delicadeza era un arma contra el amor.

Entonces comencé a desplegar en el gran teatro los talentos que yo misma me había dado. Mi primer cuidado fue el de hacerme con la reputación de invencible. Para conseguirla, los hombres que no me gustaban fueron siempre los únicos cuyo homenaje aparenté aceptar. Los utilizaba prácticamente para procurarme los honores de la resistencia, mientras me entregaba sin temor al amante desgraciado.

Ya sabe usted cuán deprisa me decido: es porque he observado que casi siempre son los cuidados anteriores los que ponen al descubierto el secreto de las mujeres. Como quiera que se obre, el tono nunca es igual antes y después de los hechos. Esta diferencia no pasa inadvertida para el observador atento; y he considerado menos peligroso errar en la elección, que dejar que se adivine. Consigo también con esto destruir toda la verosimilitud, únicamente a partir de la cual se nos puede juzgar.

Estas precauciones y la de no escribir jamás, no entregar jamás prueba alguna de mi derrota, pudieran parecer excesivas, mas jamás me parecieron suficientes. Habiendo llegado al fondo de mi corazón, estudié el de los demás. Vi que todo el mundo guarda un secreto que le importa no desvelar: verdad que parece haber conocido la antigüedad mejor que nosotros y de la que la historia de Sansón podría no ser sino ingenioso símbolo. Como una nueva Dalila, siempre empleé mi poder, al igual que ella, para sorprender ese secreto importante. ¡De cuántos Sansones modernos no tengo la cabellera entre mis tijeras! Y a éstos dejé de temerlos; sólo a ellos heme permitido humillarlos a veces. Mas dócil con los demás, el arte de hacerlos infieles para no parecerles frívola, una fingida amistad, una apárente confianza, algún proceder generoso, la idea halagüeña que cada cual conserva de haber sido mi único amante, me han valido su discreción. Finalmente, cuando estos recursos me han fallado, previendo la ruptura, he sabido ahogar de antemano, con el ridículo o la calumnia, la confianza que estos hombres peligrosos hubieran podido obtener.

Sin cesar me ve poner en práctica lo que le estoy diciendo; ¡y duda usted aún de mi paciencia! ¡Pues bien! Recuerde la época en que me hizo usted objeto de sus primeras atenciones: jamás hubo homenaje que tanto me halagara; le deseaba antes de haberle visto. Seducida por su reputación, parecíame que mi gloria le necesitaba, ardía en deseos de luchar con usted cuerpo a cuerpo. Es la única aventura que haya tenido poder sobre mí en algún momento. Sin embargo, si hubiera querido usted perderme, ¿qué medios habría tenido? Vanas palabras que no dejan huella alguna tras ellas, que su misma reputación habría ayudado a hacer dudosas, y una serie de hechos inverosímiles cuyo sincero relato hubiera parecido una novela mal escrita. Verdad es que le he hecho partícipe después de todos mis secretos: mas harto sabe usted cuáles son los intereses que nos unen, y cuál de los dos ha de ser tachado de imprudente.

Puesto que estoy rindiéndole cuentas, quiero hacerlo con exactitud. Le oigo desde aquí decirme que, cuando menos, estoy a la merced de mi doncella; en efecto, si no posee el secreto de mis sentimientos, sí posee el de mis actos. Cuando antaño me lo señaló usted, le respondí únicamente que estaba segura de ella; y prueba de que esta respuesta bastó en aquel momento para su tranquilidad es que le ha confiado desde entonces y por cuenta suya, secretos harto peligrosos. Mas ahora que Prévan le produce inquietud y obsesión, dudo mucho que mi palabra le valga.

Es, pues, menester que le instruya. En primer lugar, esta chica es mi hermana de leche, y esta unión que para nosotros no lo es, no carece de fuerza para estas gentes; además, estoy en posesión de un secreto suyo, y mas aún: víctima de una locura amorosa, habríase visto perdida si yo no la hubiera salvado. Sus padres, empecinados con la honra, no querían mas que encerrarla. Acudieron a mí. Vi al punto cuán útil podía serme su enojo. Lo secundé y solicité la orden, la cual obtuve. Luego, tomando repentinamente el partido de la clemencia al cual atraje a sus padres, y usando de mi influencia con el anciano ministro, hice que todos consintieran en hacerme depositaria de aquella orden, y duena de detener o exigir su ejecución, según la juzgara merecedora o no por su futura conducta. Sabe, pues, que tengo su destino en mis manos; y aun cuando estos poderosos medios no la detuvieran, cosa imposible, ¿no es evidente que su conducta desvelada y su castigo auténtico harían increíbles sus palabras?

A estas precauciones, que considero fundamentales, vienen a sumarse otras mil, locales u ocasionales, a las que la reflexión y la costumbre dan lugar, en caso de necesidad; detallarlas sería minucioso, mas su práctica es importante, y ha de tomarse la molestia de entresacarlas de mi conducta general, si quiere usted llegar a conocerlas.

Mas pretender que me tome tantos cuidados para no recoger fruto alguno; que, tras haberme elevado tanto por encima de las demás mujeres mediante penosos esfuerzos, acepte reptar como ellas para avanzar entre la imprudencia y la timidez; sobre todo que pueda temer a un hombre hasta el punto de creer que mi única salvación está en la huida, no, vizconde, eso jamás. Se ha de vencer o morir. En cuanto a Prévan, quiero tenerlo, y lo tendré; él quiere decirlo, y no lo dirá: esta es nuestra novela, en dos palabras. Adiós.


domingo, 25 de septiembre de 2011

El miserere - Gustavo Adolfo Bécquer



Desfilando por Lírica Bizarra viene a la pasarela Gustavo Adolfo Bécquer, no sólo uno de mis escritores favoritos sino un maravilloso exponente de la literatura del siglo de oro español. Lo recordé esta semana debido a una conversación que tuve con un amigo (a quien va dedicado especialmente este post, señor Guatibonza :D) acerca de música tan genial que sólamente podría venir de la ''mano del demonio'', por decirlo de alguna manera. Espero lo disfruten!
Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.
Era un Miserere.

(Del lat. miserēre, apiádate, imper. de miserēri).
Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.
Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.
Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.
-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.
El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.
Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.
-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:
-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.
-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.
-¿Todos? -dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?
-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es ése?
-¿No dije? -murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble. Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida. Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.
-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?
-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:
-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:
-¿Y decís que ese portento se repite aún?
-Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.
-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.
-¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.

La noche de difuntos - 30 de octubre de 1901 -
Dibujo de M. Poy Dalmau
Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.
Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:
-¡Está loco!
-¡Está loco! -repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.

II
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.
-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.
Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Meserere mei, deus - Dibujo de Poy Maldau - 1903
Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:
In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:
Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata.
En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.

III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
-Sí -respondió el músico.
-¿Y qué tal os ha parecido?
-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió dirigiéndose al abad-; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:
-¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.
In peccatis concepit me mater mea
Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?


miércoles, 27 de julio de 2011

Poltarnees, la que mira al mar - Lord Dunsany

Es hora de traer a este espacio al artista que, personalmente, ostenta el título de mi escritor favorito. Lord Dunsany, la inspiración del tiempo de mayor producción literaria de H. P. Lovecraft, quien ha sido también de mis grandes maestros e inspiradores. Igualmente ha influido en la obra de autores como C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien, debido a los elementos épicos y fantásticos que creó a lo lagro de toda su obra. Bizarro? Extremadamente. Poesía en prosa; literatura que alcanza la belleza de los sueños.
(Especialmente para el señor comisario, don Rodrigo Ricardo, con quien deseaba compartir esto desde hace un tiempo -aunque no creo que sea de su entero gusto-, con cariño!).
Toldees, Mondath, Arizim, éstas son las Tierras Interiores, las tierras cuyos centinelas, puestos en los confines, no ven el Mar. Más allá, por el Este, hay un desierto que jamás turbaron los hombres, y es amarillo, manchado está por la sombra de las piedras, y la muerte yace en él como leopardo tendido al sol. Están cerradas sus fronteras; al Sur, por la magia; al Oeste, por una montaña, y al Norte, por el grito y la cólera del viento Polar. Semejante a una gran muralla es la montaña del Oeste. Viene desde muy lejos y se pierde muy lejos también, y es su nombre Poltarnees, la que mira al Mar. Hacia el Norte, rojos peñascos, tersos y limpios de tierra y sin mota de musgo o hierba, se escalonan hasta los labios mismos del viento Polar, y nada hay allí sino el rumor de su cólera. Muy apacibles son las Tierras Interiores, y muy hermosas sus ciudades, y no mantienen guerra entre sí, mas quietud y holgura. Y otro enemigo no tienen sino los años, pues la sed y la fiebre se asolean tendidas en mitad del desierto, y no rondan jamás por las Tierras Interiores. Y a vampiros y fantasmas, cuyo camino real es la noche, las fronteras de la magia los contienen al Sur. Y muy chicas son todas sus gratas ciudades, y en ellas los hombres todos tienen trato entre sí, y se bendicen unos a otros en las calles, saludándose por sus nombres. Y existe en cada ciudad una vía amplia y verde, que viene de un valle o bosque o loma, y entra en la ciudad y sale de ella por entre las casas y cruzando las calles; y nunca pasean por ella las gentes; mas todos los años, en el tiempo oportuno, entra por allí la Primavera desde las tierras florecientes, abriendo anémonas en la vía verde, y todos los goces de los bosques repuestos o de los valles apartados, profundos, o de las triunfantes lomas, cuyas cabezas se yerguen tan altivas en la distancia, lejos de las ciudades.
A veces entran carreros o pastores por aquella vía, de los que vienen a la ciudad desde las serranías nebulosas; y los ciudadanos no se lo impiden, porque hay un paso que mancilla la hierba y un paso que no la mancilla, y todo hombre sabe en los adentros del corazón cómo es su paso. Y en los claros soleados del bosque y en sus umbrías, lejos de la música de las ciudades y de la danza de las ciudades, conciertan la música de los lugares campestres y danzan las danzas campestres. Amable, próximo y amistoso se les muestra a estos hombres el Sol, y les es propicio y cuida de sus tiernos vinedos; y ellos, en cambio, se muestran benévolos para con los menudos seres de los bosques y atentos a todo rumor de hadas o leyendas antiguas. Y cuando la luz de alguna pequeña ciudad distante pone un leve rubor en el confín del firmamento y las felices ventanas de oro de las mansiones solariegas abren los ojos brillantes en la oscuridad, entonces la vieja y sagrada figura de la Fábula, velada hasta el rostro, baja de las colinas boscosas y manda alzarse y danzar a las sombras oscuras, y saca de ronda a las criaturas del bosque, y enciende al instante la lámpara del gusano de luz en su enramada de hierba, e impone silencio a las tierras grises, y de ellas suscita desmayadamente en las colinas lejanas la voz de un laúd. No hay en el mundo tierras más prósperas y felices que Toldees, Mondath y Arizim.
De estos tres pequeños reinos llamados las Tierras Interiores huían constantemente los mozos. Ibanse uno tras otro, sin que supiera nadie por qué, sino tan sólo que tenían un anhelo de ver el Mar. Poco hablaban de aquel anhelo; pero un mozo guardaba silencio unos días, y luego, una mañana, muy temprano, se escabullía trepando poco a poco por la dificultosa pendiente de Poltarnees, y, llegado a la cumbre, pasábala y no volvía nunca. Algunos se quedaron atrás, en las Tierras Interiores, y envejecieron; pero, desde los tiempos más primitivos, ninguno de los que subieron a lo alto de Poltarnees regresó jamás. Muchos dirigiéronse a Poltarnees jurando que volverían. Hubo un rey que envió a todos sus cortesanos, uno por uno, para que le revelaran el misterio, y después él mismo se fue allá; ninguno volvió.

En los relatos de Dunsany, las tradiciones populares, la épica celta, el exotismo oriental y los elementos oníricos se funden en un mundo intemporal de sabor único. Sus historias de espada y brujería, recogidas en volúmenes como La espada de Welleran (1908) o Cuentos de un soñador (1922), le convierten en pionero decisivo del género de la fantasía heroica y tuvieron una gran influencia en los primeros relatos de Lovecraft. (http://www.arenasgamerr.blogspot.com/2009/02/lord-dunsany-pack-44-obras.html)
Ahora bien, el pueblo de las Tierras Interiores guardaba el culto de los rumores y las leyendas del Mar, y todo cuanto del Mar pudieron saber sus profetas escrito estaba en un libro sagrado que los sacerdotes leían en los templos con devoción profunda en las festividades o en los días de aflicción. Y abríanse todos los templos hacia Poniente, sostenidos por columnas, para que la brisa del mar entrara en ellos; y abríanse hacia Levante, sostenidos por columnas, para que la brisa del Mar no se detuviera, sino que entrara en ellos, dondequiera que estuviese el Mar. Y ésta es la leyenda que tenían del Mar nunca visto por ser alguno de las Tierras Interiores. Decían que el Mar es un río que corre hacia Hércules, y decían que llega hasta el confín del mundo y que Poltarnees lo domina. Decían que todos los mundos celestes corren, entrechocándose, por aquel río, y la corriente los arrastra, y que aquella Infinitud es una intrincada espesura de selvas donde el río precipita su curso arrebatando todos los mundos celestes. Por entre los colosales troncos de aquelíos árboles oscuros, en las más breves frondas, en cuyas ramas muchas noches se reconcentran, andan los dioses. Y cuando su sed, resplandeciente en el espacio como un magno sol, cae sobre los animales, el tigre de los dioses se desliza hasta el río para beber. Y el tigre de los dioses bebe ruidosamente hasta hartarse, destruyendo mundos; y el nivel del río se sume dentro de sus riberas, mientras la sed del animal va saciándose y dejando de resplandecer como un sol. Y multitud de mundos se amontonan entonces, secos, en la orilla, y ya no vuelven a andar por ahí los dioses, porque les lastiman los pies. Son aquéllos los mundos sin destino, cuyas gentes carecen de dioses, y el río fluye sin parar. Y el nombre del río es Oriathon, pero los hombres le llaman Océano. Tal es la Creencia Inferior de las Tierras Interiores. Y hay una Creencia Superior, de que nunca se habla. Según la Creencia Superior de las Tierras Interiores, el río Oriathon corre por las selvas de la Infinitud y de pronto cae rugiendo sobre un confín, desde donde el tiempo llamaba antiguamente a sus horas para que pelearan en la guerra contra los dioses; y cae apagado por el resplandor de las noches y los días, con millas de olas no medidas nunca, en las profundidades de la nada.
Ahora bien, conforme iban transcurriendo siglos y el camino unico accesible a los hombres para subir a Poltarnees desgastándose de tantas huellas, más y más hombres lo pasaban para no volver. Y aún se ignoraba en las Tierras Interiores el misterio que desde Poltarnees se descubría. Y un día tranquilo y sin viento, mientras los hombres caminaban felices por sus hermosas calles o guardaban rebaños en la campiña, saltó de pronto el viento del Oeste y entróse por ellas desde el Mar. Y llegó velado, gris, luctuoso, y trajo hasta alguno el grito hambriento del Mar que reclamaba huesos de hombres. Y el que lo oyó revolvióse sin descanso durante horas, y al cabo se levantó de súbito, irresistiblemente, vuelto hacia Poltarnees, y dijo, como se acostumbra en el país cuando alguien se despide por poco tiempo: «Hasta que venga el recuerdo al corazón del hombre», lo cual significa: «Hasta luego»; mas los que lo amaban, viéndole mirar a Poltarnees, contestáronle tristes: «Hasta que los dioses olviden», que quiere decir: «Adios».
Princesas de la primavera. Sophie Anderson.
Tenía el rey de Arizim una hija que jugaba con las flores silvestres del bosque, y con las fuentes del palacio de su padre, y con los pajaritos azules del cielo que en la invernada llegábanse a su puerta buscando refugio contra la nieve. Y más hermosa era que las flores silvestres del bosque, y que todas las fuentes del palacio de su padre, y que los pajaritos azules del cielo, cuando con todo su plumaje invernal buscan refugio contra la nieve. Los viejos y sabios reyes de Mondath y Toldees viéronla una vez cuando andaba ligera por los estrechos andenes de su jardín, y volviendo los ojos a las nieblas del pensamiento, reflexionaron sobre el destino de sus Tierras Interiores. Y la miraron atentos junto a las flores majestuosas, y sola, en pie, a la luz del sol; y vieron pasar y repasar contorneándose las aves purpúreas que los recoveros del rey habían traído de Asagéhon. Cuando ella cumplió los quince años, el rey de Mondath convocó un Consejo de reyes. Y con él se reunieron los reyes de Toldees y Arizim. Y el rey de Mondath, en su Consejo, habló de esta suerte:
«El grito del Mar implacable y hambriento (y a la palabra Mar los tres reyes inclinaron la cabeza) atrae cada año, sacándolos de nuestros reinos felices, a más y más súbditos nuestros, y aún ignoramos el misterio del Mar, y ningún juramento se ha inventado que nos devuelva a un hombre solo. Ahora bien, tu hija, Arizim, es más bella que la luz del sol, y más bella que las majestuosas flores que tan altas crecen en tu jardín, y tiene mayor gracia y hermosura que esas extrañas aves que los afortunados recoveros traen en rechinantes carros de Asagéhon, y en cuyo plumaje la púrpura alterna con el blanco. Pues el que se enamore de tu hija Hilnaric, sea quien fuere, ése podrá subir a Poltarnees y regresar, como nadie hasta aquí lo hizo, y contarnos lo que se divisa desde Poltarnees, porque acaso tu hija sea más hermosa que el Mar.»
Alzóse entonces de su sitial del Consejo el rey de Arizim. Y dijo:
«Temo que hayas blasfemado del Mar, y me asusta que tu blasfemia pueda acarrearnos desgracia. No había reparado, a decir verdad, en su hermosura. ¡ Hace tan poco que era niña chica y llevaba el pelo suelto y no recogido aún al modo de las princesas, y se iba sin que nadie la vigilara a los bosques silvestres, y volvía con las vestiduras manchadas y desgarradas, y no escuchaba regaños con sumisión, sino haciendo muecas aun en mi patio de mármol todo rodeado de fuentes! »
Luego habló el rey de Toldees:
«Vigilémosla más atentos y contemplemos a la princesa Hilnaric en la estación de los huertos floridos, cuando las grandes aves se despiden del Mar, que conocen, y buscan descanso en nuestros palacios del interior; y si fuera más hermosa que el amanecer sobre nuestros reinos unidos, cuando los huertos están en flor, acaso sea más hermosa que el Mar.»

Era un excéntrico encantador, un ser embriagado por la imaginación. A pesar de su fortuna, era un liberal y un socialista, un tipo humilde que diseñaba medallas para los hijos de sus criados. Solía llevar las plumas de ganso y los tinteros embutidos en sus bolsillos todo el día, y escribir en toscas casetas de madera desperdigadas por su propiedad” así lo describe Ma Plunkett, actual lady Dunsany, esposa del nieto de Edward John. (http://bloglibros.com/lord-dunsany-uno-de-los-pioneros-de-la-literatura-fantastica/)
Y el rey de Arizim dijo: 
«Temo que sea terrible blasfemia, mas lo haré según lo decidisteis en Consejo.»
Y llegó la estación de los huertos floridos. Una noche, el rey de Arizim llamó a su hija para que saliese al balcón de mármol. Y la luna surgía, grande, redonda, sagrada, sobre los bosques oscuros, y todas las fuentes cantaban a la noche. Y la luna tocó los aleros del palacio de mármol, y resplandecieron sobre la tierra. Y la luna tocó las cimas de todas las fuentes, y las grises columnas se quebraron en luces de magia. Y la luna dejó los oscuros caminos del bosque e iluminó todo el blanco palacio y sus fuentes, y brilló en la frente de la princesa, y el palacio de Arizim ganó en resplandores, y las fuentes se trocaron en columnas de relucientes joyas y cantos. Y de la luna, al levantarse, salió una melodía, que no llegó del todo a oídos mortales. E Hilnaric estaba en pie, maravillada, vestida de blanco, con el brillo de la luna en la frente; y acechándola desde la sombra, en el terrado, estaban los reyes de Mondath y Toldees. Y dijeron:
«Es más hermosa que el nacer de la luna.»
Y otro día, el rey de Arizim hizo que su hija se asomara al amanecer, y ellos volvieron a situarse cerca del balcón. Y el sol salió sobre un mundo de huertos, y las nieblas marinas se retiraron de Poltarnees hacia el Mar; leves voces silvestres levantáronse de todos los matorrales, las voces de las fuentes comenzaron a desfallecer, y alzóse, en todos los templos de mármol, el cantar de las aves consagradas al Mar. E Hilnaric estaba en pie, resplandeciente aún del sueño celestial.
«Es más hermosa -dijeron los reyes- que el alba.» Otra prueba impusieron aún a la hermosura de Hilnaric, porque la observaron en las terrazas a la puesta del sol, cuando ya los pétalos de los huertos estaban caídos y en toda la linde de los bosques vecinos florecían el rododendro y la azalea. Y el sol se puso tras la escarpada Poltarnees, y la niebla del Mar se vertió sobre su cumbre interior. Y los templos de mármol se levantaban claros en el atardecer, pero nubecillas de crepúsculo se extendían entre montaña y ciudad. Entonces, de la cornisa de los templos y del tejaroz de los palacios soltáronse atrevidamente los murciélagos, y desplegando las alas, flotaron arriba y abajo por las vías ya oscuras; empezaron a encenderse las luces en las doradas ventanas, los hombres se envolvieron en sus capas por temor a la niebla marina gris, levantóse el son de algunas cancioncillas, y el rostro de Hilnaric convirtióse en lugar de reposo de misterios y ensueños.
«Más que todo -dijeron los reyes- es hermosa; pero ¿quién puede saber si es más hermosa que el Mar?»
Tendido en un macizo de rododendros, en la linde de las praderas de palacio, había esperado un cazador a que el sol se pusiera. Cerca de él había un estanque profundo donde crecían los jacintos y en el que flotaban extrañas flores de anchas hojas; a él iban a beber los toros salvajes, a la luz de las estrellas, y en su acecho vio él Ja blanca forma de la princesa apoyada en el balcón. Antes de que brillaran las estrellas y se llegaran a beber los toros dejó él su escondrijo y se acercó al palacio para ver más próxima a la princesa. Cubiertas estaban las praderas de palacio de no hollado rocío y todo yacía en calma cuan- do él las cruzó, empuñando su luengo venablo. En el más escondido rincón de la terraza, los tres viejos reyes discutían acerca de la hermosura de Hilnaric y del destino de las Tierras Interiores. Caminando ligero, con paso de cazador, acercóse más el que acechaba junto al estanque, en la quietud del anochecer, sin que aún la princesa le viese. Así que la hubo visto de cerca, exclamó de súbito:
«Ha de ser más hermosa que el Mar.»
Volvióse la princesa, y en su porte y luengo venablo conoció que era un cazador de toros salvajes.
Cuando los tres reyes oyeron la exclamación del mozo, dijéronse por lo bajo:
«Este ha de ser el hombre.»
Mostráronsele luego, y le dijeron, con propósito de probarle:
«Señor, habéis blasfemado del Mar.»
Y el mancebo murmuro:
«Es más hermosa que el Mar.»
Y dijeron los tres reyes:
«Más viejos somos y más sabios que vos, y sabemos que nade existe más hermoso que el Mar.»
Y el mozo, destocado y postrado al ver que hablaba con los reyes, contestó, empero:
«Por este venablo; es más hermosa que el Mar.»
Y, entre tanto, la princesa le miraba, reconociéndole por un cazador de toros salvajes.
Dijo el rey de Arizim al que acechaba en el estanque:
«Si subes a Poltarnees y vuelves, como nadie volvió, y nos refieres qué atracción mágica tiene el Mar, te perdonaremos tu blasfemia, y tendrás a la princesa por esposa, y te sentarás en el Consejo de los reyes.»
Y el mozo al punto mostró su asentimiento con alegría. Y la princesa le habló y le preguntó su nombre. Y él le dijo que se llamaba Athelvok, y se llenó de gozo al oír la voz de ella. Y prometió a los tres reyes salir a tercero día para escalar la pendiente de Poltarnees y regresar, y éste fue el juramento con que le ligaron para que volviera:
«Juro por el Mar que arrastra los mundos, por el río de Oriathon, a quien los hombres llaman Océano, y por los dioses y su tigre, y por el sino de los mundos, que volveré a las Tierras Interiores después de haber contemplado el Mar.»
Y prestó con solemnidad el juramento aquella misma noche en uno de los templos del Mar; pero los tres reyes fiaron aún más en la hermosura de Hilnaric que en el poder del juramento.
Al otro día de mañana fue Athelvok al palacio de Arizim, cruzando las campiñas del Este desde el país de Toldees, e Hilnaric salió al balcón y se reunió con él en las terrazas. Y le preguntó si había matado algún toro salvaje, y él le dijo que tres, y luego le contó que había cazado el primero junto al estanque del bosque. Había cogido el venablo de su padre, se fue a la orilla del estanque, se tendió bajo las azaleas a esperar que las estrefias saliesen, porque a su primera luz van los toros salvajes a beber de aquellas aguas. Y fue muy temprano, y tuvo mucho que esperar, y el pasar de las horas se le hizo más largo de lo que era. Y todos los pájaros acudieron a aquel lugar en la noche. Y ya había salido el murciélago, y ningún toro se acercaba al estanque. Y Athelvok estaba persuadido de que ninguno se acercaría. Y tan pronto como su mente adquirió esta certidumbre, abrióse sin rumor la maleza y un enorme toro salvaje se presentó a sus ojos, a la orilla del agua, y sus largos cuernos surgían a los lados de su cabeza, encorvándose por los extremos, y medían cuatro pasos de punta a punta. Y no había visto a Athelvok, porque el enorme. toro estaba al otro extremo del reducido estanque, y Athelvok no podía ir arrastrándose hasta él por miedo de cortar el viento (pues los toros salvajes, que apenas ven en las selvas oscuras, se guardan por el oído y el olfato). Mas pronto se tramó el plan en su mente, mientras el toro erguía la cabeza a veinte pasos justos de donde estaba él, con el agua por medio. Y el toro olfateó con cautela el viento, se puso a escuchar, y luego bajó la cabeza hasta el estanque y bebió. En aquel punto saltó Athelvok al agua y atravesó rápidamente sus algosas profundidades, por entre los tallos de las extrañas flores que flotaban con sus anchas hojas en la superficie. Y Athelvok asestaba su venablo, recto, y mantenía rígidos y cerrados los dedos de la mano izquierda, sin salir a la superficie, de modo que la fuerza del salto le llevó adelante y le hizo pasar sin que se enredara por entre los tallos de las flores. Cuando saltó Athelvok al agua, el toro hubo de levantar la cabeza, se asustó al verse salpicado y luego debió de escuchar y ventear, y como no oyera ni olfateara peligro ninguno, hubo de quedarse rígido por unos instantes, porque en esta actitud le encontró Athelvok al surgir sin aliento a sus pies. Hiriendo de pronto, Athelvok le clavó la lanza en el cuello, antes de que pudiera bajar la cabeza y los cuernos terribles. Pero Athelvok se había colgado de uno de los cuernos y se vio arrastrado a tremenda velocidad por entre los matorrales de rododendros, hasta que el toro cayó, para levantarse de nuevo y morir de pie, luchando sin cesar, ahogado en su propia sangre.
Hilnaric escuchaba el relato como si un héroe de la antigúedad surgiese de nuevo ante sus ojos en toda la gloria de su legendaria juventud.
Mucho tiempo se pasearon por las terrazas, diciéndose lo que siempre se había dicho y se dijo luego, lo que repetirán labios aún por formarse. Y sobre ellos se erguía Poltarnees, mirando al Mar.
Y llegó el día en que Athelvok debía marcharse. E Hilnaric le dijo:
«¿Es cierto que volverás, luego que hayan mirado tus ojos desde la cumbre de Poltarnees?»
Athelvok repuso:
«Cierto que volveré, porque tu voz es más hermosa que el himno de los sacerdotes cuando cantan los loores del Mar; y aunque muchos mares tributarios fluyan hacia Oriathon y él y los otros viertan su hermosura en un estanque a mis pies, volvería jurando que tú eres más hermosa. »
E Hilnaric contestóle:
«La sabiduría del corazón me dice, o una antigua ciencia o profecía, o un raro saber, que nunca más he de oír tu voz. Y por ello te perdono.»
Pero él, repitiendo el juramento prestado, se fue, mirando muchas veces atrás, hasta que la pendiente se hizo tan empinada que su faz tocaba a la roca. Púsose en camino por la mañana y estuvo subiendo todo el día, con pequeño descanso, por los hoyos que había pulimentado el roce de muchos pies. Antes de llegar a la cima escondiósele el sol y fueron oscureciéndose cada vez más las Tierras Interiores. Apresuróse para ver, antes que fuere de noche, lo que había de mostrarle Poltarnees. Ya era profunda la oscuridad sobre las Tierras Interiores, y las luces de las ciudades chispeaban entre la niebla marina cuando llegó a la cumbre de Poltarnees, y el sol, de la otra parte, aún no se había retirado del firmamento.
Y a sus pies se fruncía el viejo Mar, sonriendo y murmurando cantares. Y daba el pecho a unos barcos chicos de velas deslumbradoras, y en las manos tenía los vetustos restos de naufragios tan echados de menos, y los mástiles todos tachonados de clavos de oro que desgajó en su cólera de los soberbios galeones. Y la gloria del sol reinaba en las olas que arrastraban a la deriva maderos de islas de especias, saéudiendo las cabezas doradas. Y las corrientes grises se arrastraban hacia el Sur, como solitarias serpientes enamoradas de algo lejano con amor inquieto, fatal. Y toda la llanura de agua resplandeciente al sol postrero, y las olas y las corrientes, y las velas blancas de los navíos, formaban, juntas, la faz de un extraño dios nuevo que mira a un hombre por primera vez a los ojos en el instante de su muerte; y Athelvok, mirando al maravilloso Mar, supo por qué no vuelven nunca los muertos: porque hay algo que los muertos sienten y conocen y los vivos no entenderán nunca, aunque los muertos vuelvan a contarles lo que han visto. Y el Mar le sonreía, alegre en la gloria del sol. Y había en él un puerto para las naves que regresaban, y junto a él una soleada ciudad, y la gente andaba por sus calles ataviada con las inconcebibles mercancías de las costas más lejanas.
Una fácil pendiente de roca suelta y menuda llevaba desde la cumbre de Poltarnees hasta la orilla del Mar.
Athelvok detúvose un largo rato lleno del pesar de lo perdido, dándose cuenta de que había entrado en su alma algo que no entenderían jamás los de las Tierras Interiores, porque sus pensamientos no iban más allá de los tres breves reinos. Luego, mirando los buques errantes, y las maravillosas mercancías de países remotos, y el color ignorado que ceñía la frente del Mar, volvió los ojos a las Tierras Interiores.
Galais Pier. Por William Turner.
En aquel punto entonó el Mar un canto fúnebre al ocaso por todo el daño que causó en su cólera y por toda la ruina que acarreó a los navíos aventureros; y había lágrimas en la voz del tiránico Mar, porque amaba a las galeras hundidas, y llamaba a sí a todos los hombres y a todo lo viviente para disculparse, porque amaba los huesos que había desparramado. Y volviéndose, Athelvok puso un pie en la pendiente suelta, y otro después, v anduvo un poco para acercarse al Mar, y luego le sobrecogió un sueño y sintió que los hombres juzgaban mal del Mar, tan digno de ser amado, porque mostró alguna colera, porque a veces fue cruel; sintió que reñían las mareas, porque el Mar había amado a las galeras fenecidas. Siguió andando, y las piedras menudas rodaban con él, y en el momento en que se desvaneció el ocaso y apareció una estrella, llegó él a la dorada costa, y siguió adelante hasta que las olas le tocaron las rodillas, y oyó las bendiciones, semejantes a las plegarias, del Mar. Mucho tiempo estuvo así, mientras iban saliento estrellas y copiando su brillo en las olas; más estrellas salían, atorbellinándose en su carrera, del Mar; parpadeaban las luces en toda la ciudad del puerto, colgaban linternas de las naves y ardía la noche de púrpura; y la Tierra, ante los ojos de los dioses, que están sentados tan lejos de ella, refulgía como en una llama. Entonces entró Athelvok en la ciudad del puerto, en donde encontró a muchos que habían dejado antes que él las Tierras Interiores; ninguno deseaba volver al pueblo que no había visto el mar; muchos se habían olvidado de los tres breves reinos, y se susurraba que un hombre que una vez intentó volver halló imposible la subida por la pendiente movediza, deleznable.
Hilnaric no se casó jamás. Pero su dote se destinó a edificar un templo en que los hombres maldicen al Océano.
Una vez al año, con solemnes ritos y ceremonias, maldicen las mareas del Mar; y la luna se mira en él y los aborrece.

Sidney Sime. Ilustrador de numerosos trabajos de Dunsany.